La soga

La soga

La familia de Héctor Keres nunca había tenido una esperanza de vida demasiado alta. En realidad, dada su tendencia a morir con menos de un cuarto de siglo, casi parecía un milagro que hubieran conseguido mantener la línea de su descendencia hasta nuestros días. Aunque bien pensado, las moscas también lo habían conseguido, y ellas apenas tenían unos días para procrear.

Además, por si fuera poco, las muertes en la familia de Héctor rara vez eran accidentales. No había guerra en la que no hubiera muerto algún Keres, ni tribunal que no les hubiera sentenciado a la pena capital. Quemados vivos por la inquisición, guillotinados en la revolución francesa, ahorcados en Texas. Sus obituarios servirían como catálogo de muertes violentas a cualquier historiador.

A sus veinte años, Héctor era por tanto el único superviviente de una saga condenada de antemano, y él era dolorosamente consciente de ello. Cuando él era apenas un niño, su padre había sido asesinado por el vecino de abajo, que había perdido el juicio por culpa de unas goteras que nadie parecía ser capaz de detener. Unos veinticinco antes, su abuelo había dejado el mundo en similares circunstancias, después de dejar embarazada a la hija de un general excesivamente protector, al igual que su bisabuelo había acabado en una fosa común, después de transgresiones mucho menos placenteras.

Todo esto se lo habían hecho saber a Héctor desde pequeño, convirtiéndole en un ser tímido, temeroso de romper ninguna regla, con una amabilidad casi servil con la que intentaba evitar a toda costa caer mal a alguien, desencadenando así una serie de acontecimientos que le hicieran reunirse con el resto de su árbol genealógico. Cada riesgo era calculado de antemano, cada interacción diseñada al milímetro.

Quizás por eso, Héctor estudió psicología, y quizás también por eso, cuando su compañera de clase insistió por tercera vez en invitarle a cenar, tuvo miedo de volver a rechazarla. Sólo cuando se descubrió desnudo junto a ella, se le ocurrió a Héctor que quizás estaba tomando más riesgos de los que pensaba.

-¿Y a qué se dedica tu familia? –se le ocurrió preguntar a Héctor, recordando la historia de su abuelo. El control de daños era importante

-No te asustes, pero mi familia tiene una funeraria desde hace un montón de generaciones.

-Una pena que no puedan conocer la mía –Héctor sonrió-. Creo que nuestras familias se habrían llevado bien.


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Foto y texto por Aitor Villafranca

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Zodiaco (VIII)

[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]
[Capítulo 4]
[Capítulo 5]
[Capítulo 6]
[Capítulo 7]

Todo el cuerpo de Leo temblaba cuando volvió a su apartamento y cerró la puerta, como si de repente fuera consciente de lo que acababa de hacer. Era incapaz de recordar ninguna ocasión, ni siquiera durante su infancia, en la que hubiera golpeado a nadie. Para él eso era algo que sucedía en películas y barrios marginales, un acto totalmente desvinculado a su realidad, a su mundo. Por otra parte, desde hacía tres días, apenas reconocía su realidad. Quizás por eso, Leo era incapaz de sentirse mal por lo que había hecho, por golpear a aquella copia de sí mismo con un martillo, por dejarle retorciéndose de dolor en el suelo del apartamento de al lado. Por un momento, Leo casi había esperado sentir en su propio cuerpo el dolor que le había causado a su reflejo, una especie de compensación, un equilibrio en la balanza. Sin embargo, el efecto había sido el contrario. Se sentía más vivo, casi victorioso.

En el salón, Aries le esperaba recostado en el sofá, y le recibió con un gruñido molesto. Quizás no estaba conforme con lo que Leo acababa de hacer en el piso de su antigua dueña. Ignorándole, Leo entró en el dormitorio. Tenía la sensación de llevar despierto media vida, y ahora que por fin había conseguido acallar los ruidos del piso de al lado, sólo quería dormir.

El sonido del teléfono móvil le obligó a dar media vuelta. Se preguntó si sería otra vez aquella voz, hablando de horóscopos y decisiones. Ya no importaba. Leo sólo quería encontrar el martillo y el móvil. Si había conseguido acallar a golpes los gemidos que habían llenado su apartamento, aquel sonido impertinente no iban a ser menos. O quizás no se trataba del teléfono. Leo miró a su alrededor confundido, reconociendo for fin el timbre de la puerta. Hacía meses que nadie lo utilizaba.

La sangre de Leo se aceleró antes incluso de abrir la puerta, corriendo por su cerebro, despertando cada una de sus células. Tal y como aquel hombre le había anunciado, Virginia le esperaba al otro lado. El corazón de Leo se paró al verla. Parecía algo asustada, sus pupilas dilatadas y sus labios apretados con determinación. Nada más había cambiado. El mismo corte de pelo, incluso parecía la misma ropa que llevaba la última vez que la había visto salir por la puerta.

-¿Virginia? -apenas unos segundos y Leo quería preguntarle por qué se había ido, pedirle que se quedara, decirle que la seguía amando- ¿Qué haces aquí?
-Los vecinos me han llamado, todavía tenían mi número de teléfono no sé muy bien porqué. Dicen que llevan días escuchando ruidos extraños, gritos y golpes en mitad de la noche. ¿Qué está pasando?
-Nada... bueno, había un problema, pero lo acabo de solucionar. No te preocupes. ¿Quieres pasar un momento?
-Tienes un aspecto horrible.
-Lo sé, no he dormido muy bien últimamente. Pero ya habrá tiempo para eso. Pasa, por favor.

Virginia entró despacio en el piso, colocando el bolso descuidadamente en el mismo punto de la mesa del salón en el que meses atrás solía dejarlo caer.

-No ha cambiado nada. Bueno, ese ordenador no solía estar en el suelo destrozado -Leo miró avergonzado los restos de su portátil, todavía esparcidos por el salón-, y el gato también es nuevo. No sabía que te gustaran.
-No es mío. Lleva un par de días colándose en el piso, no sé muy bien cómo.

La mirada de Virginia siguió vagando, quizás recordando detalles que antes le eran familiares, o simplemente buscando una forma de continuar con la conversación. Leo se sentía como un niño antes de un exámen, temiendo que cualquier detalle pudiera hacer que la que él sabía que era la mujer de su vida se desvaneciera delante de sus ojos, volviendo a dejarle solo. Los ojos de Virginia se pararon por fin en un punto de la pared. Leo siguió su mirada para encontrar una foto de Virginia paseando por la playa. Habían sido sus únicas vacaciones juntos.

-Pensaba que ya te habrías deshecho de todo eso hace tiempo.
-Sí, bueno. El tiempo vuela, ya sabes.
-No, entiéndeme, me alegra verla. Siempre me gustó esa foto. Y puede que no signifique nada, pero también me gusta que siga en su sitio. Sabes, sé que es horriblemente egoista, pero no soporto imaginarte follando con nadie más.
-No lo hecho... follar con nadie más, quiero decir -Virginia sonrió mientras Leo enrojecía. Volvía a sentirse patético, merecedor de que aquella despedida, de la soledad que había venido después. El aire parecía de repente más difícil de respirar-. Perdona, no me hagas mucho caso, no sé ni lo que digo. Voy un momento al baño, ¿vale? Espérame un segundo.

Leo se encerró unos momentos en el baño, intentando recuperar la compostura. Se lavó la cara, pero incluso sus manos parecían reacias a responder a sus órdenes. Al mirarse al espejo, tuvo la sensación de que quién le devolvía la mirada era su copia, aquel hombre idéntico que había puesto su cordura en jaque, y que quizás ahora seguía malherido en el piso de al lado. Como si lo hubiera invocado, unos gemidos familiares empezaron a filtrarse a través de las paredes. Leo golpeó su reflejo, llenando el espejo de grietas y reabriendo las heridas de sus nudillos. Los ruidos siguieron aumentando indiferentes a su dolor. Ya ni siquiera podía identificarlos. Era como si todas las mujeres, todas las noches de sexo, se hubieran mezclado, fusionándose en un sólo torbellino de jadeos y respiraciones entrecortadas.

Leo salió del baño a toda prisa. Aquello no podía estar pasando. Todo aquel escándalo iba a espantar a Virginia. Volvería a desaparecer de su vida, y Leo sabía que no podría volver a soportarlo, no después de haberla visto, de haber oído que no quería que se acostara con nadie más. Fuera del baño, el salón estaba a oscuras, y por un instante, Leo pensó que ya era demasiado tarde, que Virginia ya se había ido. Sin embargo, la oscuridad no era absoluta. Una docena de pequeñas velas iluminaban tenuemente el salón. Leo no sabía de dónde habían salido, ni cómo había podido tener Virginia tiempo de colocarlas durante lo que él creía que había sido un instante en el baño. Debía estar perdiendo la noción del tiempo. Incluso se sentía algo mareado.

Entonces la vio. Virginia estaba de pie, totalmente desnuda, sonriendo como si la avalancha de sonidos que les envolvía no existiera, o como si le parecieran una mera anécdota. Bajo aquella luz inquieta, su cuerpo parecía más perfecto aún que en sus recuerdos, y ya no quedaba duda de que era a él a quien esperaba. Leo ignoró los gemidos que se agolpaban en sus oídos, y el recuerdo de las advertencias que los acompañaban. No entendía cómo había ocurrido, pero Virginia volvía a ser suya, y eso era todo lo que importaba. Sus labios se reunieron mientras la ropa de Leo caía a sus pies. La mano todavía ensangrentada de Leo iba dejando surcos por el cuello y los pechos de Virginia, pero ya no le preocupaban. Incluso le daban un aspecto más poderoso, como si fuera una fuerza ancestral, la esencia de todo lo que Leo había estado esperando.

En silencio, le guió hasta el dormitorio, sin dejar de mirarle, sin dejar de sonreír. Cuando cayeron sobre el colchón, una sombra salió a toda velocidad de la habitación, acompañada de un maullido alarmado. Leo no le prestó atención. Tampoco al pequeño estruendo que siguió, algún objeto cayendo al suelo del salón en la huída de Aries. En los brazos de Virginia, incluso los jadeos que antes le habían empujado hacia la locura parecían ser ahora un simple acompañamiento, el marco perfecto en el que perderse en su cuerpo, en el que convertir el sexo con ella en una experiencia absoluta.

Sus propios jadeos aumentaron, mezclándose con los de todas las mujeres que habían venido antes, venciéndolas. Una luz rojiza había empezado a iluminarles, mientras un calor sofocante llenaba la habitación, cubriéndoles de sudor, haciendo difícil respirar. Sólo cuando un humo negro, denso, empezó a entrar desde el salón, Leo comprendió que el piso estaba ardiendo, que el ruido que había oído había sido el de las velas cayendo al suelo, que las llamas pronto les envolverían.

Sin embargo, todo eso ya daba igual. Ya sólo existían los ojos de Virginia, su lengua lamiendo el sudor de su cuello, su cuerpo acogiéndole. A ella no parecía importarle el fuego, ni los gritos que llenaban el poco aire que les quedaba para respirar, todos los orgasmos de su vida antes de Virginia, simples copias, falsificaciones. Puede que aquella copia, su otro yo, tuviera razón y Virginia fuera el fin de todo, que como aquella voz había dicho al teléfono, Virgo hubiera desterrado por siempre a Leo, que su tiempo no fuera a volver. Nada importaba. Si ése era su final, lo prefería a cualquier otra vida.

Leo cerró los ojos y se sumergió en el cuerpo de Virginia.


FIN
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Zodiaco (VII)

[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]
[Capítulo 4]
[Capítulo 5]
[Capítulo 6]

-¿Quién coño eres tú? -Leo apretó con más fuerza la empuñadura del martillo. Todo su cuerpo temblaba, agitado por el odio y la incertidumbre.
-Vamos, Leo, no preguntes tonterías. Sé que no has dormido bien últimamente, y pido disculpas por la parte que me toca, pero de ahí a no reconocerte a ti mismo...
-¿Quién coño eres? -Leo repitió las palabras despacio, convirtiendo cada sílaba en una amenaza.
-Cuánto dramatismo... si lo que necesitas es un nombre por el que llamarme, obviamente es Leo, aunque comprendo que eso podría resultarte un tanto confuso. ¿Qué tal Leo 2? ¿O Leo B? Lo digo por el piso, por lo de quinto B. Si no te gustan podemos ponernos más místicos y que me llames Acuario o algo así, aunque no termina de sonar bien. ¡Lo tengo! ¿Qué te parece Géminis? Vale que como nombre propio no es gran cosa, pero dada la situación, es el más adecuado. Y ni se te ocurra sugerir Cáncer. Es de mal gusto, sobre todo después de la enfermedad de la tía Dolores.
-No pienso llamarte de ninguna forma hasta que me expliques qué está pasando. Hasta que entienda por qué hay un hombre desnudo exactamente igual que yo en el piso de al lado jodiéndome la vida a base de polvos.

-Vaya, ¿te molesta que esté desnudo? Tengo que decirte que te has vuelto un poco tiquismiquis, ¿sabes? Antes solías ir desnudo por casa y ni siquiera te importaba tener las ventanas abiertas. Seguro que incluso alegraste la tarde a más de una vecina. Pero bueno, si te vas a poner así, puedo ponerme algo de ropa, aunque se me haga un poco raro. No la he necesitado mucho estos días, ya me entiendes.

Un guiño, y aquel hombre se dio la vuelta para desaparecer en el dormitorio antes de que Leo pudiera reaccionar. Mientras esperaba a que se vistiera, Leo sintió como si las fuerzas físicas que hasta entonces habían mantenido sus átomos unidos estuvieran a punto de romperse, arrastradas por aquella espiral de irrealidad y sinsentidos. En un intento de mantener la cordura, Leo trató de aferrase a los elementos tangibles que le rodeaban. Una figura de porcelana de una bailarina, un retrato en blanco y negro de un general franquista. Decadencia y nostalgia cubiertas por una densa capa de polvo. El salón de su difunta vecina era un viaje a otra época, un relicario asexual imposible de asociar con el origen de su tormento.
Un gigantesco cuadro presidía la habitación, una escena de caza en un bosque nevado en el que un jinete desafiaba cualquier ley sobre perspectiva mientras perseguía a su presa, un extraño híbrido entre perro y ciervo. Debajo de aquella estampa imposible, un sofá desgastado del que apenas se adivinaba su color original, con reposabrazos de madera decorados por un sinfín de arañazos, obra sin duda de Aries en su etapa de mascota leal y sobrealimentada. No resultaba difícil imaginarse a la señora María sentada, rememorando tiempos mejores mientras jugueteaba con la pequeña bandera de España de su solapa. Lo único que desentonaba en aquel escenario era la televisión relativamente moderna, probablemente regalo de algún familiar, con la que su vecina había conseguido amargar a Leo incontables noches. Aunque casi parecía una molestia menor comparado con lo que había venido después.
Leo prohibió a su cerebro seguir ese camino, al menos hasta que regresara "Géminis", y bajó la vista para seguir con su exploración. El suelo del salón estaba cubierto por un ajedrezado blanco y rojo, sobre el que todavía se distinguían huellas de pies descalzos en el polvo. Leo las siguió con la mirada hasta la puerta entreabierta del dormitorio, tras la que se observaban sábanas revueltas, probablemente llenas de sudor, de semen, y de fantasmas. Esa simple imagen bastó para terminar de desestabilizar a Leo, que golpeó furioso el suelo con el martillo. Dos de las baldosas se quebraron, destruyendo la armonía de aquel tablero a gran escala. Nunca se había considerado un tipo violento, pero aquel golpe le hizo sentirse más real.

-¡Por Dios!, ¿qué ha sido ese estruendo? -Leo volvió a ponerse en tensión. Por mucho que lo mirara era imposible acostumbrarse a la existencia de ese gemelo distorsionado. Por lo menos ahora estaba vestido. Vaqueros desgastados y una camiseta que Leo recordaba haberse comprado en un tenderete en Londres para después perderla durante alguna mudanza.
-Ah, pobre señora María. ¡Le encantaban esas baldosas! A veces, cuando su marido vivía, incluso se lo montaban aquí mismo, en el suelo, en lugar de ir al dormitorio. Aunque de eso hace ya décadas, claro... Una pena en cualquier caso.
-No me importa la vida sexual de mi vecina muerta. Lo que quiero saber es qué leches está pasando aquí, y por qué desde hace tres días lo único que oigo es un festival de sexo al otro lado de la pared.
-De acuerdo, de acuerdo. Pero primero vamos a calmarnos todos un poco. ¿Qué tal si te sientas un momento y te explico la situación?

Con una cierta reticencia, Leo se sentó en el sofá, despertando una nube de polvo que le hizo toser. El hombre que se había hecho llamar Géminis hizo lo propio sentándose a horcajadas en una vieja silla de madera y apoyando el pecho contra el respaldo. No parecía preocupado.

-Veamos, ¿por dónde empiezo? Es algo complicado explicarse cosas a uno mismo. Quiero decir, que, si todo funcionara como debe, uno debería saber ya todo lo que es capaz de explicarse, ¿no? Lo contrario implicaría una disociación entre lo que sabemos y lo que creemos saber, pero bueno, si no existieran esas diferencias, supongo que la vida de Freud habría sido mucho más aburrida. Pero bueno, estoy empezando a divagar y no tenemos demasiado tiempo. Ya te he comentado que esperaba que hubieras llegado antes para tomarnos las cosas con más calma, pero esto es lo que hay.
>>A lo que iba. Mira a tu alrededor. Aquí vivió la señora María hasta hace no demasiado. Este piso estaba habitado en pleno siglo XXI, y viéndolo, nadie diría que hacía más de treinta años que había muerto Franco. Se podría decir que la señora María vivía en lo que para ella había sido su época dorada, sin importarle los cambios que ocurrían en el exterior, o como mucho, mirándolos con recelo como si fueran parte de una realidad ajena a ella. Piénsalo. ¡Treinta años! Nosotros ni habíamos nacido, y ella ya estaba apartándose del ritmo del mundo. Cuando tú llorabas para reclamar el pecho de mamá, cuando mirabas con curiosidad las braguitas de tus compañeras de colegio, o cuando te lo estabas montando medio borracho con una tía en los baños de la discoteca. Durante todo ese tiempo, ella estaba aquí, sobreviviendo al presente gracias solamente al pasado.

-¿Y qué tiene que ver todo esto conmigo?
-Nada en realidad, era sólo un ejemplo. Lo que te quiero decir, es que no todo el mundo tiene la capacidad de la señora María para vivir en el pasado, para aguantar ese distanciamiento. Tú y yo, por ejemplo, no tenemos ese don. Ya lo viste al volver de Londres, y eso que sólo había sido una temporada en el extranjero. Tu mente se había quedado en Inglaterra, entre cervezas y amigos de colores con pinta de modernos, y cuando volviste aquí, y tuviste que volver a coexistir con tus padres, y a decidir qué hacer con tu vida, te quedaste bloqueado. No supiste reaccionar, y acabamos dando tumbos por la noche. Todavía no sé cómo hicimos para librarnos de las ETS y los comas etílicos. Entonces apareció Virginia, y tuviste una excusa para reengancharte.
-No sabes nada de Virginia. Ni de mi vida. No te atrevas a nombrarla siquiera.
-Sé que cuando Vir... la innombrable, te dejó, volvió a pasar lo mismo. Puede que tomara otras manifestaciones más sutiles, que consiguieras mantener la apariencia de cordura y seguir con una vida funcional, pero en el fondo es lo mismo. Llevas meses viviendo en el instante en el que te dejó, conservando sus fotografías en la pared como si estuvieras esperando a que ella llame a la puerta y sigáis como si nada. Lo demás son excusas. Lo de trabajar en casa, lo de vivir lejos de la gente que conoces. Nada es inmutable. Podías haber salido a la calle y conocer a alguien, o dejar el apartamento mañana mismo y volver a Londres, o empezar de cero en algún otro sitio. Pero bueno, ahora eso ya da igual. Elegiste Es demasiado tarde para todo eso.
-¿Qué quieres decir con demasiado tarde?
-Hoy mismo, exactamente a las 12 de la noche, se te acaba el tiempo. Ya no hay margen de maniobra para planear huidas ni para hacer nuevos amiguitos. Pero por suerte para tí, yo estoy aquí para salvarte.
-¿Salvarme? ¿De quién?
-De tí, de tus lastres... ¡te lo acabo de explicar! A ver, has estado tan ocupado idealizando a Virginia que has conseguido que tu pasado y tu futuro prácticamente desaparecieran. Menos mal que estaba yo aquí para hacerme cargo. Te he estado guardando el sitio hasta ahora, y la verdad es que ha tenido su gracia, pero tanto sexo empieza a saturarme un poco. Demasiadas mujeres, demasiados nombres, cualquier rato de estos me voy a equivocar al llamar a alguna y se va a liar. Ya pasó con aquella chica bajita del bar y no fue agradable...
>>Pero perdona, otra vez estoy divagando. La cuestión es que, como te decía, te he estado guardando el sitio, pero ya es hora de que me sustituyas. Es la única opción. Bueno, técnicamente podrías sustituir al gato, pero no creo que sea una buena idea. Por lo menos antes estaba bien alimentado, pero ya le has visto. No pasa por su mejor momento.
-No entiendo nada de lo que estás diciendo. ¿Me tomas el pelo? -A pesar de sus palabra, todo lo que decía aquel hombre tenía una resonancia extraña en el cerebro de Leo, como un deja vu, o como si estuviera recordando algo que ya sabía. O puede que sólo fuera la falta de sueño, su cerebro amenazando con apagarse con cada nueva brizna de información.
-Claro que no. A ver, es muy sencillo. Sólo tienes que quedarte aquí, esperando a las chicas, y haciendo... bueno, pues exactamente eso que hiciste con ellas. Lo has oído estos últimos días. ¿no me dirás que después de tantos meses de sequía, no te han dado ganas de volver a vivirlo?
>>Es una situación un tanto especial, así que hay reglas que todavía no están del todo claras, pero me imagino que también vendrán otras que todavía no conoces. La rubia del bar que podrías conocer el mes que viene, la chica tímida que está esperando encontrar tu perfil en internet, qué se yo...
>>Lo importante es que vuelvas a disfrutar de la vida, y del sexo, y que te olvides de una maldita vez de Virginia. Puede que no sea instantáneo, pero por lo menos si estás aquí te evitarás encontrarte con ella cuando venga dentro de un rato.
-¿Virginia va a venir? -entre todo aquel caos de declaraciones absurdas, aquella frase hizo que el corazón de Leo se acelerase. Probablemente fuera todo parte de la misma tomadura de pelo, o de la locura a la que había cedido sin darse cuenta, pero ¿y si era cierto? La voz del teléfono también había hablado de que su tiempo se acababa esa noche, y de que Virgo estaba a punto de llegar. Quizás no sólo se refería al signo del zodiaco, sino también a la propia Virginia.
-¡Pues claro que va a venir! ¿De qué te parece que va todo esto? En fin, supongo que me lo podría haber callado y haberte dejado más fácil la decisión. Pero qué leches, sabes lo mismo que yo, así que supongo que te ibas a acabar enterando.
Leo se levantó del sillón. La habitación osciló como en una atracción de feria. Definitivamente llevaba demasiado tiempo sin comer nada. Todo su cuerpo se sentía débil, y hasta sus músculos parecieron quejarse cuando recogió el martillo.
-Me voy de aquí. No tengo tiempo para esto, para escuchar toda esta sarta de tonterías. Me voy a mi piso a dormir, si Virginia viene ya sabe donde encontrarme. Mañana volveré a solucionar todo este asunto, y como hasta entonces oiga el menor ruido procedente de este piso, te juro que vuelvo y te mato. No bromeo.
-¿Es que no has entendido nada? ¡No existe mañana! -el hombre se levantó también, interponiéndose entre Leo y la puerta de salida- Si sales ahora perderás tu única oportunidad de reengancharte con la vida. ¡Dios sabe qué puede pasar si sigues atascado pensando en esa zorra!

Leo sintió de repente una calma casi sobrenatural, como si ya no tuviera ningún poder de decisión sobre sus propios actos y solamente se limitara a verlos desde la distancia. Como si no fueran sus músculos los que se tensaron para golpear con el martillo la entrepierna de aquella copia de sí mismo, como si no fueran sus oídos los que le oyeron gritar de dolor mientras se retorcía en el suelo. Mientras salía del apartamento de la señora María, lo único en lo que pensaba Leo era si realmente Virginia estaría a punto de llegar.

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Zodiaco (VI)

[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]
[Capítulo 4]
[Capítulo 5]

Leo se quedó inmóvil varios minutos. Su cerebro estaba atascado en la imagen que acababa de ver, como en uno de esos cuadros de paradojas visuales en los que las columnas se convierten en aire, o una maraña de escaleras se cruzan desafiando a la física hasta que es imposible distinguir qué es arriba y qué abajo. Al igual que esas imágenes, por más veces que lo repasase, lo que había visto no tenía sentido, era físicamente imposible. Y sin embargo, esta vez no podía ser un truco de perspectivas, Leo se había visto a sí mismo entrar en el ascensor. O más bien a una versión deformada de sí mismo, con aquellas greñas descuidadas, la cazadora de cuero que él no tenía ocasión de ponerse, y esa sonrisa de superioridad. Todavía no entendía cuál era el sentido de todo aquello, si es que verdaderamente tenía alguno, pero lo que Leo tuvo claro en aquel momento es que ese “doble” estaba detrás de los sonidos de sexo que había estado escuchando.

Todavía aturdido, salió del piso y pulsó el botón del ascensor. Ya no se sorprendió cuando éste no respondió a sus órdenes. Aún así golpeó con furia las puertas metálicas, sin más resultado que un dolor intenso en el puño y una pequeña mancha de sangre en el ascensor. Por lo menos el dolor era real. Algo a lo que aferrarse. Leo volvió al apartamento y fue a limpiarse las manos. Sus nudillos sangraban más de lo que había pensado en un primer momento, y el lavabo se tiñó de un color rojizo. Leo se quedó mirando absorto. Ya no estaba seguro ni de que esa sangre fuera suya.

El sonido de una puerta le hizo recuperarse de su estupor. Antes de poder asimilarlo, una risa juguetona al otro lado de la pared volvió a dar comienzo a una nueva serie de gritos y gemidos, igual que todas las veces anteriores, y al mismo tiempo, cada vez ligeramente distintos. Decidido a enfrentarse a aquella copia de sí mismo, salió de su piso y llamó insistentemente al apartamento vecino. La única respuesta fue un estruendo de cacerolas cayendo al suelo mientras los gemidos seguían aumentando. Leo cada vez tenía claro que ese sonido estaba dirigido a él. Cada susurro, cada sonido mezcla de dolor y placer, estaba preparado para que fuera él quien lo oyese. Derrotado, volvió tambaleándose a su apartamento y cerró con un portazo.

Las horas pasaron, y a través de las paredes del piso fueron llegando los sonidos de una orgía interminable por la que desfilaron todos los recuerdos de Leo. Reconoció en aquel caos a la mayoría de las chicas con las que se había acostado en el año que pasó en Londres, desde la rusa con la que sólo se acostó una vez y cuyos arañazos le duraron semanas, hasta aquella chica tímida con la que estuvo medio saliendo durante unos meses y que nunca se quitaba sus calcetines de colores cuando se acostaban juntos. Reconoció sexo romántico, sexo meramente funcional e incluso algún que otro polvo torpe empapado en alcohol. La carta de un exotismo cuanto menos cuestionable le había valido más parejas sexuales que todo el resto de su vida, pero mientras se sumergía en aquellos recuerdos, condensados en un sólo flujo ininterrumpido de gritos y orgasmos, Leo maldijo cada uno de aquellos encuentros.

Cada vez que sentía que no podía más, Leo volvía a llamar al timbre, a golpear la puerta a puñetazos ignorando el dolor de sus nudillos, a llamar al ascensor buscando una vía de escape. Nada funcionó. Probó a llamar por teléfono, a gritar por la ventana, pero fue inútil. Era como si en algún momento, Leo se hubiera caído por la madriguera del conejo hasta un plano en el que sólo quedaban él y aquellos gemidos interminables que se le pegaban a la piel.

Cuando escuchó el tono de "Bad Moon Rising" saliendo de su teléfono móvil, Leo había perdido la cuenta de las horas que habían pasado. Al borde de la desesperación, sólo era consciente de que en algún momento había anochecido, y que había vuelto a amanecer, y que en todo ese tiempo no había tenido tregua. El sexo había derivado de la despreocupación de los días en Londres al agujero oscuro que había venido después. Leo había regresado a España desubicado, carente de sentido, y había oscilado sin saber muy bien cómo hacia el alcohol, hacia Clara y los gritos antes del sexo, y las promesas de romper con el círculo para después caer un poco más.

-Deberías comer algo. Solo faltan unas horas para que Leo dé paso a Virgo, y puede que necesites llegar con fuerzas. -otra vez la voz del día anterior.
-¿Quién eres? ¿Qué coño está pasando?
-Ya te lo dije. Júpiter y Venus. El final de Leo y el principio de Virgo. Se acaba el tiempo y todavía no has respondido a mi pregunta. Espero que por lo menos hayas leído tu horóscopo.
-No sé qué está pasando, pero por lo que me a mí respecta, tú y tus preguntas podéis iros a la mierda.
-En el fondo es una pregunta sencilla. Todavía tienes sus fotos, ¿verdad? Todavía sueñas con su cuerpo.

Una imagen de su mano en torno al cuello frágil de Virginia, de sus ojos entrecerrados al llegar al orgasmo. Leo apagó el móvil furioso. Sólo entonces se dio cuenta de que en la pantalla encendida del ordenador todavía se veía la página de horóscopos del día anterior. En esta ocasión, bajo el símbolo de Leo se leía: “Tú mismo eres tu peor enemigo. Desconfía del otro lado del espejo”. Como si de repente aquel ordenador tuviera la culpa de todos sus males, Leo lo empujó fuera de la mesa, estrellándose contra el suelo ensordeciendo por un momento los ruidos de sexo que seguían envolviendo a Leo.

El amasijo de plásticos destrozados seguía en el suelo del salón cuando horas después, Leo saltó de su balcón hasta el del vecino sujetando con fuerza un martillo, la adrenalina y la desesperación anulando cualquier miedo a caer al vacío. Sólo cuando vio que la puerta del balcón estaba abierta, y entró en el antiguo piso de la señora María sin necesidad de violencia, se dio cuenta de que se había hecho el silencio. En mitad del salón cubierto de polvo de su antigua vecina le esperaba desnudo aquel hombre idéntico, una copia exacta de si mismo célula a célula. Un duplicado exacto.

-Ya pensaba que no ibas a llegar nunca -era su misma voz, sus mismos gestos-. Clara está en la ducha, te manda recuerdos.

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Zodiaco (V)

[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]
[Capítulo 4]

La primera novia formal de Leo se llamaba Esther, y como siempre se encargaba de aclarar, su nombre no tenía nada que ver con el Antiguo Testamento, sino con las estrellas. Más concretamente, con las de Hollywood. Su padre había visto “Escuela de Sirenas” más veces que ninguna otra persona sobre la faz de la tierra, y cuando después de dos varones, descubrió que su siguiente retoño iba a ser una niña, no dudó en imponerle el nombre de su admirada Esther Williams.

La verdad es que Esther no había heredado de su homónima americana ningún interés por la natación ni por la interpretación, pero era innegable que tenía un cierto aura de estrella de cine. Durante el año que Leo compartió clase con ella en la universidad antes de llegar si quiera a hablar con ella más de dos frases, siempre se había maravillado de cómo podía parecer tan perfecta incluso con un pantalón de chandal y una camiseta. Cuando finalmente empezaron a salir, y la vio cambiarse de ropa para que encajara con los colores de la de él, descubrió que su belleza descuidada era cualquier cosa menos casual.

Incluso las fotos de aquella época en las que aparecían juntos tenían cierto aire de reportaje de revista, o incluso de fotograma de película. Su hermano mayor se dedicaba precisamente a la fotografía, y durante el año que Leo salió con Esther, consiguió fotografiarles tumbados en el sofá con luz tenue y posición romántica calculada al milímetro, mirándose en mitad de un campo de trigo con el sol brillando y el viento jugueteando con la melena castaña de Esther, e incluso abrazados en ropa interior, durante lo que Leo consideró la experiencia más vergonzosa y psicológicamente cuestionable de su vida.

Cualquiera que viera aquellas instantáneas, podría pensar en un romance épico y en sexo pasional en una azotea al atardecer, pero la realidad resultaba bastante más mundana una vez eliminados los filtros fotográficos y los retoques por ordenador. La apariencia de pareja perfecta se rompía especialmente en la cama, donde Leo consideraba que su novia tenía una visión, cuanto menos, limitada. Por ejemplo, que Esther le proporcionara sexo oral era algo impensable, y cuando Leo intentó hacer lo propio, ella le miró como a un pervertido y prácticamente le echó a patadas de la cama.

Antes de Esther, la única experiencia de Leo había sido precisamente una mujer con bastantes más años y muchos menos complejos, y ahora que era él quien tenía que encargarse de tomar la iniciativa, no tenía ni idea de cómo hacerlo. Al final, durante los doce meses que salieron juntos, o más bien durante los ocho en los que el sexo fue parte de la relación, no fueron mucho más allá de la masturbación mutua y de la postura del misionero, siempre acompañados por una rutina de jadeos tan perfectamente rítmica e inmutable de una ocasión a otra, que Leo no podía evitar pensar si no la repetiría de memoria mientras pensaba qué ropa se pondría al día siguiente.

Precisamente ese mismo jadeo familiar era el que Leo estaba oyendo durante la tarde del día 20 de Agosto más caluroso que recordaba. Incluso a través de los auriculares a todo volumen, podía escuchar los mismos gemidos sin emoción, casi de cortesía, que hacía seis años habían llenado de inseguridades sus noches de sexo (nunca follaban durante el día, Esther lo encontraba de mal gusto). Hasta aquel día, Leo había creído que todo aquel episodio, los nervios y la torpeza realimentándose, habían caído en el olvido, enterrados por otros orgasmos con otras amantes. Sin embargo, al volver a oír los mismos grititos monótonos, su cuerpo se trasladaba sin remedio al colchón de sábanas rosas de Esther, y su mente volvía a llenarse de todos los pensamientos agolpados que le habían impedido en su día disfrutar del sexo sin preocupacicones.

O quizás no lo estaba oyendo realmente. Quizás no eran los sonidos de Esther, ni habían sido los de Laura, y simplemente estuviera perdiendo el juicio por culpa de quien quiera que siguiera follando como conejos en el antiguo piso de la señora María. Aturdido, Leo tiró al suelo los auriculares y miró con odio al gato que le observaba desde el otro lado de la puerta del balcón, como si el animal fuera el responsable de todo lo que estaba pasando. Como si fuera él el que había cerrado las puertas de la escalera, estropeado al ascensor, e invocado aquel marathon de sexo que, cada vez lo tenía más claro, le estaba haciendo volverse loco.

Lo peor de todo es que no podía evitar sentirse excitado. Su cuerpo parecía tener vida propia, incluso recordando el sexo más triste de toda su vida. Incluso encerrado en su propia casa y aplastado entre los sonidos del apartamento vecino y llamadas de teléfono que hablaban de horóscopos y conjunciones astrales. El mundo estaba cediendo al caos, y Leo tenía una erección. En realidad no le habría sorprendido tanto ese estado si no fuera porque desde que Virginia le había abandonado, se había convertido en un ser practicamente asexual. Su colección de pornografía seguía cogiendo polvo en el disco duro de su ordenador, y las pocas veces que optaba por el onanismo, solía recurrir a escenas con Virginia, ya fueran recuerdos, o fantasías en las que ella volvía arrepentida y él la perdonaba para después aplastar su cuerpo con fuerza contra el suelo de la cocina. No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero al fin y al cabo, tampoco hacía daño a nadie por imaginarlo.

Con un suspiro, Leo volvió a convencerse de que masturbarse en aquella situación habría sido no sólo humillante sino directamente una derrota, y fue a la cocina a prepararse algo de comer. No estaba seguro de cuántas horas llevaba escuchando sin interrupción aquellos ruidos, pero en todo ese tiempo no recordaba haber comido nada. Más por centrarse en alguna actividad que por apetito, se preparó algo de pasta con restos de carne y verduras que encontró en la nevera. Ni siquiera el ruido del extractor amortiguaba los gemidos.

Mientras los spaguettis hervían con fuerza, y parte del agua se sobraba a borbotones sin que Leo se molestara en evitarlo, volvió a pensar en Esther. Habían estado juntos un año, así que no podía haber sido todo tan malo, pero Leo sólo tenía recuerdos desagradables. Quizás fuera la comparación con Virginia. O incluso despecho, ya que al final había sido ella quien le había dejado. Puede que hubiera motivos más importantes detrás, pero lo que Leo recordaba siempre de su ruptura fue la noche anterior, cuando al eyacular después de otra sesión anodina de sexo, parte de su semen había acabado en el pelo de Esther. Para Leo, el problema de aquel accidente mundando no había sido tanto el desagrado que le había provocado a Esther el acto en sí, sino el hecho de que aquella experiencia imperfecta no podría encajar jamás con las fotografías artísticas en blanco y negro a través de las cuales Esther veía el mundo.

Un grito sorprendido y el sonido de un portazo hicieron volver a Leo al presente. Tardó unos segundos en asimilar que el apartamento se había quedado en silencio, y lo que era más importante, que el ruido de la puerta significaba que había alguien en el pasillo entre los dos pisos. Corriendo a pesar de sus pies descalzos, Leo se abalanzó sobre la puerta de entrada y acercó su ojo a la mirilla. A través de la lente distorsionada, lo primero que vio Leo fue un hombre de espaldas. Tenía más o menos su altura, con greñas descuidadas y una cazadora de cuero negra que le recordó a Leo la que él mismo se había comprado tras la marcha de Virginia, y que ni siquiera recordaba haber sacado de su bolsa.

Entonces, el hombre de la cazadora de cuero se giró hacia Leo, y su cerebro se quebró en miles de cristales. Aquel hombre era exactamente igual que él. No se trataba de alguien con un cierto parecido, sino de una copia exacta de cada uno de sus rasgos. Deformado por la propia mirilla, era como mirarse a un espejo de feria que distorsionaba no sólo su imagen, sino su propia identidad. No había ninguna duda posible. Leo se estaba viendo a sí mimo. Las puertas metálicas se abrieron entonces, como si se estuvieran burlando de Leo, y el hombre entró dentro del ascensor.

Leo no podía estar seguro, pero juraría que aquel hombre, su copia idéntica, le había sonreído.

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Zodiaco (IV)

[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]

Leo prácticamente no durmió aquella noche. Los ruidos del piso de al lado habían dado por fin paso a una calma densa, tan pegajosa como el sudor de su ropa, y su corazón seguía latiendo desacompasado, como si estuviera siendo sacudido por los altavoces de una discoteca. El calor de agosto tampoco ayudaba.

Aunque ahora su apartamento estuviera en calma, resultaba imposible olvidar cómo las paredes habían destilado sexo, como su propia piel lo había sentido, trayendo al presente viejos recuerdos que creía desterrados. Cada exhalación entrecortada había atravesado los ladrillos y la pintura para pegarse a su cuello y a su oído, mezclándose con el aire estanco de las escenas de su pasado. Y luego estaba aquel grito. Estaba seguro de que quien fuera que hubiera estado follando en el piso de enfrente había gritado su nombre, exactamente igual que aquel día en el que la mujer con la que había perdido la virginidad había desaparecido para siempre de su vida. La lógica le decía que tenía que ser todo una casualidad, pero su propio cuerpo le decía que había algo más. Era como si su piel estuviera cargada de electricidad, impidiéndole calmar su ritmo cardíaco, y mucho menos dormir.

Hasta su habitación parecía más pequeña. La cama, los muebles, incluso las camisetas tiradas en el suelo, todo parecía ocupar más espacio de lo normal. Las fotos de Virginia, que después de tanto tiempo seguía sin quitar de la pared, parecían haber crecido, o incluso haberse multiplicado. Como tantas otras veces, se planteó descolgarlas de una vez por todas, aunque fuera para ganar unos centímetros de espacio vital, pero como siempre, se recordó a sí mismo que en realidad no significaban nada, que eran sólo un recuerdo de otra época, y que quitarlas habría sido negar el pasado, no aceptarlo. Como siempre, no estaba muy seguro de creerse a sí mismo.

Cuando al final se impuso el cansancio, estaba a punto de amanecer. La ventana de la habitación seguía abierta, y el sol de verano no tardó en atacar con fuerza, pero años de horarios arbitrarios habían vuelto a Leo casi inmune a la luz durante las horas de sueño. Sin horarios fijos de trabajo ni necesidad de coordinarse con otras personas para ningún evento social, no había motivos para mantener un ritmo de vida convencional. El año de universidad que había pasado en Londres también había colaborado. Puede que el sol no brillara con tanta fuerza a través de la neblina londinense, pero aún así Leo no terminaba de entender por qué un invento tan simple como las persianas no había conseguido traspasar ciertas fronteras. Al principio había luchado contra la luz matutina, escondiendo la cabeza entre almohadones y gruñidos, pero pronto se había acostumbrado. Además, durante aquel año, por sus venas corría más cerveza que sangre, así que la mayoría de los días su sueño estaba asegurado incluso en mitad de un campo de batalla con fuego cruzado.

Le despertaron los primeros compases de "Bad Moon Rising". A medio camino entre el sueño y la realidad, le costó comprender que aquellos acordes de guitarra con aires sesenteros provenían de su móvil. No recordaba siquiera haber grabado esa canción en el teléfono.

-¿Sí? -su boca estaba pastosa. Necesitaba urgentemente un vaso de agua. Se incorporó de la cama mientras esperaba una respuesta desde el otro lado, notando una erección matutina debajo de su pantalón. No recordaba los detalles, pero tenía la sensación de haber soñado con Virginia.
-Todavía se ve la luna llena en el cielo. Es normal estar alterado -Leo enrojeció, sintiendo como si su vergüenza fuera palpable a través de la línea telefónica. Se trataba de una voz de mujer, pero Leo no conseguía identificarla.
-Perdona, ¿quién es?
-No tenemos demasiado tiempo, así que te agradecería que no lo malgastases preguntándome algo que ya sabes. Soy yo la que tengo que hacerte una pregunta, y de tu respuesta dependerá todo. Bueno, en realidad no tienes por qué contestar ahora, todavía faltan un par de días para que la alineación de Venus y Júpiter, pero si fueras tan amable de responder hoy mismo, nos ahorrarías bastantes molestias.
-Lo siento, pero no se de qué me está hablando. Creo que se ha equivocado.
-Ya sabes que no, no digas tonterías... Está bien, ahí va la pregunta: ¿Crees que podías haber vencido a las constelaciones?
-No me gustaría ser maleducado, pero no he tenido un buen día, y esta broma empieza a resultarme molesta.
-Te lo diré más claro. Sólo quiero saber si crees que las cosas podrían haber sido de otra manera. Si todavía piensas en los caminos que no se eligieron, en las bifurcaciones que ni siquiera sabías que estaban ahí. En qué podría haber cambiado.
-¿Virginia? ¿Eres tú? -parecía descabellado, pero era la única persona a la que se le ocurría relacionar con aquellas preguntas. Desde luego, Leo no podía negar que desde que Virginia le había dejado, pasaba bastante tiempo analizando la historia de su relación. Intentando detectar los momentos en los que todo se había estropeado. Pensando si con un poco más de atención, o de espacio, o de sexo, podría haber evitado el final.
-Puedes llamarme así si quieres. Me gusta ese nombre -una breve pausa, como si estuviera pensando cómo continuar-. En cualquier caso, te estaba contando que se acaba tu tiempo. El 22 de Agosto, para ser más exactos. Dentro de tan solo dos días, el sol abandonará leo y entrará en virgo. Quizás hasta el año que viene, quizás para siempre. Eso es algo que está en tus manos.

No, aquella mujer no podía ser Virginia. La voz era demasiado distinta. Puede que el tiempo hubiera pasado y que algunos matices se hubieran emborronado en su memoria, pero había otros que permanecían inmunes, como la vehemencia de todas sus afirmaciones o el recuerdo de su sonrisa a través del teléfono. Leo podía notar como se extendían las comisuras de sus labios sólo con oírla. Además Virginia nunca había creído en la astrología. Prácticamente se ofendía cuando veía a alguien leyendo su horóscopo, o reuniendo amuletos y plegarias antes de un examen. Solía decir que eran todo inventos para eximirse de responsabilidades. Una forma de ignorancia o de cobardía. Las pocas veces que leía el horóscopo era para burlarse de él, diseccionando cada predicción con un tono travieso hasta demostrar que eran afirmaciones ridículas. Siempre hacía la misma broma, leyéndole a Leo la predicción de su nombre en lugar de la que le correspondía por nacimiento, carpricornio. Decía que para qué iba a leer la de su signo, compartida por millones de personas con las que no tenía nada que ver, cuando había una escrita exclusivamente para él.

-Lo siento, no sé si me está intentando vender algún consultorio astrológico, pero no me interesa.
-Leo. Un signo escéptico, reticente al cambio.
-No sé qué tipo de broma es esta, pero voy a colgar.
-Como quieras, pero recuerda: sólo quedan dos días, y la pregunta va a seguir ahí. Es algo inevitable. Te recomiendo que consultes el horóscopo, igual te ayuda.
-Lo que usted diga. Adios.

Leo colgó el teléfono y lo sujetó inmóvil durante unos segundos con las manos crispadas. Todo lo que le había pasado en las últimas horas parecía una broma de mal gusto, pero francamente dudaba de que a nadie le importara lo suficiente su vida como para molestarse en jugar con ella. Era como si desde la experiencia de la noche anterior, todo se hubiera vuelto más irreal, más incomprensible. Como si un niño los hubiera desordenado por accidente y ya no supiera cómo montarlos. Como si el mundo quisiera corroborar esa teoría, algo rozó de repente la pierna de Leo, haciéndole saltar hacia atrás asustado. En el suelo, Aries se atusaba el bigote con la pata manteniendo su habitual mirada de indiferencia. Leo no tenía ni idea se cómo había conseguido entrar en el piso, pero desde luego, con tanta charla zodiacal, no se podía negar que aquel gato tenía el don de la oportunidad.

Leo decidió ignorarle por el momento, y volvió a pensar en la llamada. Sintiéndose algo avergonzado, escribió “horóscopo” en el buscador de su ordenador y entró en una página al azar. Tenía un diseño cutre y signos zodiacales dorados apelotonados por todas partes, pero por lo menos no No encontró nada especial en la predicción de capricornio. Frases genéricas sobre oportunidades laborales y sobre la necesidad de hacer deporte. Como de costumbre, leyó también el texto para el signo de Leo. “Desconfía de tus vecinos y de sus intenciones. Las respuestas que necesitas sólo están en tu interior”.

El mundo se había convertido definitivamente un lugar extraño. Intentando no darle mucha importancia, Leo terminó de leer el resto de signos. El de aries rezaba “Encontrarás a un viejo conocido. Juega bien tus cartas y tendrás una comida gratis.” Un maullido oportuno acompañó a la predicción desde debajo de la mesa. Con un suspiro incrédulo, Leo miró al gato, y se levantó en busca de algo que darle de comer. No estaba muy seguro de que los gatos comieran galletas, pero puso unas cuantas en un plato en el suelo de la cocina junto con un bol de leche. Como si hubieran estado esperando esa misma señal para despertar, la habitación empezó a llenarse de sonidos de sexo desde el piso de al lado. Parecían algo distintos que los de la noche anterior, quizás incluso eran de otros protagonistas, pero Leo no pensaba quedarse a comprobarlo.

Se puso unos vaqueros viejos encima del pijama, y una camiseta más o menos limpia y decidió salir a la calle. Rebuscó las llaves entre los papeles de su escritorio, preguntándose cuántos días haría que no las necesitaba. Cuando finalmente las encontró, salió sin molestarse en evitar un portazo, y llamó al ascensor. Con la mente todavía nublada por el insomnio, Leo se quedó mirando con recelo la puerta del sexto B, y tardó un rato en darse cuenta de que el ascensor no se movía. El botón seguía encendido pero, lo único que se oía en el pasillo eran jadeos y susurros. Ni el menor ruido de motores. Asqueado, se imaginó que alguien habría dejado la puerta abierta en alguna otra planta y maldijo a aquel viejo edificio y su ascensor sin muelles en las puertas.

Cuando descubrió que la puerta de las escaleras estaba cerrada con llave, Leo se dio cuenta de que estaba atrapado en aquel piso.

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Zodiaco (III)

[capítulo 1]
[capítulo 2]

"Fóllame"

Leo levantó la cabeza sorprendido, apartando la vista de la pantalla de ordenador sobre la que estaba encorvado. Había oído aquella palabra con total nitidez, como si los labios que la habían pronunciado estuvieran a punto de rozar el lóbulo de su oreja. Ligeramente asustado, miró a su alrededor, sin saber muy bien qué esperar. El piso estaba vacío, y el único sonido que se oía era el zumbido monótono del ventilador interno del ordenador. Leo se imaginó que aquella voz vendría de la calle, quizás de algún dormitorio con la ventana abierta, pero todas las ventanas del piso estaban cerradas, a pesar de que el calor del interior del piso reclamaba con urgencia un poco de aire fresco.

La única explicación posible era que aquella voz de mujer procediera del piso de al lado, pero aunque sabía por experiencia que las paredes de aquel viejo edificio no estaban precisamente insonorizadas, el sonido había sido demasiado claro como para haber atravesado un muro. Aún así, se levantó intrigado y se acercó a la pared de su dormitorio, directamente en contacto con el piso vecino. Sintiéndose un poco infantil, acercó el odio al muro. La pared estaba caliente, demasiado incluso para aquella noche sofocante. Un golpeteo rítmico le sobresaltó en el mismo instante en el que su oreja tocó la pared. Si no hubiera oído antes la voz de la mujer, probablemente lo habría considerado un sonido inocente, quizás un nuevo vecino instalándose o alguien limpiando el piso de cara a su futura venta. Sin embargo, a la luz de aquella palabra, la naturaleza del sonido resultaba bien distinta. Cuando los gemidos empezaron, no quedó lugar para la duda.

Leo soltó una risilla infantil y escuchó todavía unos segundos más, preguntándose quién podría ser. Le extraño no haber oído a nadie entrando en el piso, pero probablemente se debiera a que estaba absorto en la traducción. Quizás se trataba de algún familiar de la señora María aprovechando la vivienda vacía como picadero, o incluso de algún trabajador avispado de la inmobiliaria. En cualquier caso, Leo dudó de que la decoración del apartamento fuera especialmente adecuada para ese tipo de actividades. Jamás había puesto el pie en el sexto B, pero podía imaginarse muebles recubiertos con ganchillo, cuadros con motivos de caza y una cama vieja con dintel. Quizás algún animal disecado en el salón, un zorro, o el antecesor de aquel gato fofo. Puede que incluso algún busto de Franco.

Desde luego, todo eso no parecía importarle a quien fuera que estuviera al otro lado de la pared, porque los gemidos seguían aumentando. Leo decidió ignorarlos, y aprovechó que se había levantado de su escritorio para abrir la ventana de su habitación. La temperatura exterior no era demasiado diferente, y como venía haciendo los últimos días, Leo maldijo para sí mismo el verano, insufrible ya desde sus inicios. Más consciente de repente del calor y de su camiseta sudada, se la quitó sin molestarse en ponerse otra, y la dejó tirada junto al resto de ropa sucia. Viendo la proporción de camisetas viejas y de propaganda del montón de la colada, se preguntó cuánto tiempo haría que no se arreglaba.

No se molestó en calcularlo. Su atención había vuelto a la pared de la habitación, por la que los jadeos habían dejado de filtrarse, siendo sustituidos por lo que interpretó como un suspiro decepcionado. Al parecer la mujer no estaba demasiado satisfecha con la actuación de su amante. Leo sonrió. Quizás había visto un retrato de la señora María en plena acción. Por alguna razón, el fiasco que se imaginaba en el sexto B le hizo recordar sus propios inicios sexuales. Él tenía 17 años, y ella (no conseguía recordar su nombre), casi el doble. Demasiada presión para aquella versión inexperta de sí mismo, con el consiguiente gatillazo a mitad de faena. Durante mucho tiempo, Leo había enrojecido cada vez que recordaba aquel incidente, pero ahora no dejaba de ser una anécdota sin importancia.

Mientras volvía al salón, Leo notó de nuevo el sonido de una respiración volviéndose pesada, y de algún objeto, quizás un despertador, cayendo al suelo sin que nadie le prestara atención. A Leo le asustó que el sonido fuera tan claro como para poder reconstruir con detalle la escena al otro lado del muro (podría jurar que la mujer estaba ahora proporcionándole sexo oral mientras el hombre permanecía tumbado en la cama, con los ojos cerrados y los brazos innertes), pero no se preocupó por el momento. Le alegraba que, al igual que en su caso hacía más de una década, el fracaso inicial no hubiera marcado el final de la experiencia.

Una vez en el salón, Leo buscó entre las carpetas de su ordenador una vieja película de Billy Wilder y la puso a suficiente volumen como para amortiguar cualquier otro sonido. No tenía demasiadas ganas de reencontrarse con Jack Lemmon, pero había empezado a sentirse un poco violento en aquella situación. Quizás por eso mismo, el calor parecía emanar ahora de su propio cuerpo, como si acabara de hacer un ejercicio intenso. Sin molestarse en pausar la película, se acercó a la puerta que daba al balcón y la abrió con dificultad. Cada día estaba más oxidada.

Como si estuviera sincronizando con el sonido de disparos de la película, un gato aprovechó para colarse dentro del piso, escabulléndose entre las piernas de Leo, que se echó hacia atrás asustado. Después, el animal se subió con agilidad al sofá, desde donde se quedó observando fijamente a Leo. Enfadado tanto por aquel huésped inesperado como por su propia reacción, intentó sin demasiada convicción espantarle hacia la ventana, sin producir el más mínimo efecto en el felino.

Sólo entonces, mirando con atención sus rasgos impasibles, reconoció a Aries, el gato de su anterior vecina. Estaba algo sucio y descuidado, y las reservas de grasa que antes arrastraba habían desaparecido, siendo sustituidas por cuerpo esquelético, apenas un saco de huesos. Sin embargo, Leo reconoció el pelo amarillento, la oreja picada y esa apariencia de satisfacción constante que mantenía incluso en aquellas condiciones. Como confirmando su descubrimiento, Aries emitió su maullido característico, casi más propio de una rata que de un gato.

Recordando la escena en la que había visto por última vez al animal, se apiadó lo suficiente como para buscar en su cocina una lata de atún en conserva y volcarla en un bol de cereales. Sin embargo, nunca había sentido demasiado aprecio por los animales, especialmente por aquellos que, por lo que él sabía, bien podían haber pasado los últimos meses alimentándose de basura, así que dejó la comida al otro lado de la ventana y la cerró con fuerza cuando Aries salió para dar cuenta de ella. Preguntándose si aquella reaparición tendría algo que ver con la sesión intensiva de sexo que continuaba en el piso de al lado, Leo se sentó delante del ordenador y se preparó para disfrutar del resto de la película, ignorando la mirada lastimera que le reclamaba desde el otro lado del cristal.

Cuando los títulos de crédito aparecieron en la pantalla, Leo se sentía mucho más satisfecho, y casi había olvidado la causa que le había impulsado a verla. Sin embargo, en cuanto apagó el ordenador, dispuesto a dormir, comprendió que los gemidos seguían ahí, más definidos incluso, y perfectamente audibles desde el salón. Era como si el sonido procediese a la vez de todas las paredes del piso, o como si éstas se hubieran cansado de retenerlo y lo dejaran pasar sin ninguna amortiguación, permitiendo que se expandiera hasta ocupar todo el espacio del apartamento. Parecía físicamente imposible que los jadeos se oyeran de aquella manera tan nítida, que los muelles crujieran como si fuera él el que los aplastaba.

Todo el aire parecía impregnado de sexo, y hasta su piel parecía ser consciente de ello. Los gemidos se habían convertido en gritos, alcanzando un volumen imposible. No sólo eso. Leo podía oír con claridad cada detalle. Carne rozándose con cada movimiento, una garganta tragando saliva. Mientras oía, sentía incluso, como dos cuerpos se consumían al otro lado de la pared, él ya no podía moverse, al mismo tiempo asustado y avergonzado por una erección involuntaria.

Se sintió transportado a sus encuentros con aquella mujer mayor. Laura. De repente lo recordaba todo claramente. Su olor, la cicatriz en su abdomen. Incluso aquel último polvo en el coche, con todo su equipaje cargado en el maletero sin que él lo supiera. Laura había gritado hasta asustarle, aunque ahora intuía que él no había tenido nada que ver. Quizás como disculpa, o despedida, en el ultimo momento, con aquel orgasmo antes de desaparecer, había gritado su nombre, y Leo se había sentido indestructible.

Los gritos de la mujer al otro lado de la pared, le recordaban a los de Laura. Urgentes, histéricos casi. Como si el mundo la hubiera derrotado pero a ella ya no le importara. La vorágine de gritos y sonidos siguió aumentando, mientras todos los músculos de Leo se tensaban hasta agarrotarse. Entonces, tras un instante de silencio contenido antes de la culminación, aquella mujer gritó un nombre. Una súplica. Un mantra. "Leo".

Perdido en el silencio que de repente le rodeaba, Leo sintió un escalofrío.

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