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Fantasmas

FANTASMAS

Siempre había pensado que había alguna conexión defectuosa en su cerebro. La tensión le ponía triste. También los enfados. Era como si las carreteras que tenían que llevar a esos estados de ánimo estuvieran cortadas por obras, y los desvíos llevaran inevitablemente a aquellas sensaciones cercanas a la depresión. Sospechaba en qué momento se había agrietado el asfalto, pero era algo en lo que prefería no pensar. Especialmente esa noche. Especialmente en ese lugar.

Estaba tomando unas copas con su hermano en aquella terraza a ras de suelo que seguía siendo incapaz de sentir como suya. ¿Se seguía llamando terraza si no había nada que la separase del jardín, si estaba a la misma altura que el camino que llevaba a la playa? No lo tenía demasiado claro, pero le daba igual. Cuatro velas encendidas, cada una de un tamaño distinto. Los colores tampoco encajaban entre sí, pero sabía que no sería capaz de tirarlas y comprar otras más coherentes hasta que se hubieran agotado por completo. En el cielo, más estrellas de las que estaba acostumbrado a ver en Madrid.

Su hermano suspiró mientras hacía chocar contra el cristal los hielos de su gintonic, ya terminado. Habían hecho las paces, como siempre, pero aquel poso de tristeza seguía ahí. Como la ginebra aguada de su vaso. Reprimió las ganas de arrojarlo hacia el jardín, apenas iluminado por un par de farolas inseguras. En su lugar, lo empujó sobre la superficie de la mesa de plástico hasta dejarlo junto al otro vaso. También de distinto color, distinta altura. Como todo en esa casa. Mientras su hermano se levantaba a preparar otras dos copas, trató de ignorar los ecos de la música en vivo que llegaban desde el restaurante cercano. Grandes clásicos destrozados con ayuda de uno de esos pequeños pianos electrónicos, todo para el disfrute de veraneantes alemanes y holandeses. Joder, incluso eso le ponía triste. También le ponía triste estar pasando el fin de semana junto al mar en lugar de trabajando en la presentación que tenía que dar el martes. Que su hermano hubiera puesto en venta la casa del pueblo sin avisarle, aunque ya fuera hora de hacerlo. Que hubieran comido paella de marisco cuando él lo que quería era una puta pizza congelada. Imaginó decenas de carreteras cortadas, señales luminosas redirigiendo el tráfico hacia aquel pueblo de montaña cuyo único habitante era un niño triste e inmaduro. En fin, cosas de ser siempre el hijo pequeño, el hermano pequeño, incluso cuando ya no tenía edad para ver los conflictos desde la grada, con los ojos húmedos y el pecho tembloroso.

Un gato, negro y blanco, apareció en el pequeño jardín que se extendía más allá de la terraza. Estaba flaco, y se movía despacio, como si no tuviera claro hacia dónde se dirigía. Pensó en espantarlo, pero el esfuerzo le pareció innecesario. Nunca le habían gustado los animales, probablemente porque nunca había tenido uno cuando era niño. El gato se detuvo finalmente delante de la terraza, en la zona en la que la luz de la farola empezaba a convertirse en oscuridad, y se quedó mirando la verja con plantas entretejidas que les separaba del camino que bajaba hasta la playa. Por un momento pensó que iba a saltar, utilizando aquella agilidad que a él siempre se le había negado. En vez de eso, se sentó sobre sus patas traseras, en una posición que no sabía si era de alerta o de tedio. Hace muchos años, Él le había dicho que los gatos eran igual de difíciles de entender que las personas, igual de traicioneros. Ella había respondido que no se podía juzgar a un animal por sus instintos. Se había limpiado el sudor de la frente con el dorso de la mano, y luego había vuelto a encender la aspiradora.

La luz de la farola tembló de nuevo, y el gato se incorporó, con la vista fija en el camino. Al principio, sólo pudo ver unas pequeñas partículas borrosas. Manchas etéreas flotando sin rumbo. Sin embargo, poco a poco aquellas partículas se fueron condensando, revoloteando cada más rápido hasta que la suma de sus sombras desenfocadas formaron una única masa sin forma definida. Por la forma en la que se expandían y volvían a enredarse, se preguntó si no serían dos cuerpos distintos, intentando sin éxito separarse mientras caminaban con pasos lentos hacia el mar. Notó cómo su piel se enfriaba, cómo los latidos de su corazón se volvían arrítmicos, desacompasados. Se giró para buscar a su hermano, pero gesticulaba de espaldas a él, enzarzado en una discusión telefónica, probablemente con su mujer. Cuando volvió a mirar, el camino volvía a estar vacío y el gato había comenzada a alejarse hacia las mismas sombras de las que había salido.

Sin estar demasiado seguro de qué hacía, se levantó con torpeza. Demasiada ginebra en sus venas como para no tropezar con la mesa y volcar una de las velas. Parpadeó para volver a fijar la posición de la realidad, y apagó las llamas antes de emprender el camino hacia la playa. No recordaba dónde había dejado las sandalias, pero el desagradable tacto de las baldosas de cemento no tardó en dar paso a una arena suave y fresca. Caminó hasta el borde del agua. Miró a su alrededor, pero el fantasma había desaparecido. Absorbido por el mar, por la arena, o por una realidad en la que nunca había tenido cabida.

La playa estaba oscura y vacía. Temporada baja, malas comunicaciones. Se preguntó qué estaba haciendo él mismo en aquel lugar abandonado, de la misma manera que se solía preguntar cuándo se había alejado tanto de sí mismo, o al menos, de la idea que tenía de sí mismo. Más respuestas conocidas que prefirió ignorar. La única figura que le acompañaba en la playa era el perfil de algún turista aburrido junto a las rocas en las que se concentraba la zona de cruising. Probablemente demasiado viejo, demasiado gordo, y tan solo como él. Vio cómo se acercaba y se preparó para rechazarlo educadamente, pero para cuando llegó, unos sollozos que no era consciente de estar produciendo hicieron innecesaria cualquier explicación. El desconocido volvió a alejarse, y él se sentó finalmente a llorar, dejando que las lágrimas emborronasen la luz de todas aquellas constelaciones altivas e innecesarias.

Vaya mierda, pensó unos minutos después con la respiración más calmada. Tres décadas más tarde, y seguía siendo el mismo niño imbécil que se escondía de las reprimendas en el hueco entre el radiador y el sofá, el único espacio al que nunca llegaba la aspiradora. Al menos las pelusas no podían juzgarle por llorar más de lo debido. Recordando aquellas lágrimas de impotencia, se preguntó si entonces no tenían otro sabor. Puede que esta vez sólo fuera aquel apartamento. Que las carreteras estuvieran ya arregladas, y que lo único que pasaba era que sencillamente estaba más triste de lo que quería reconocer. Sacudió la cabeza. Demasiado psicoanálisis barato para una noche. Con un suspiro, hundió las manos en la arena para incorporarse, y caminó de vuelta a la terraza.

En la frontera entre la playa y el camino de cemento, le esperaba su hermano, apoyado contra la verja con los brazos cruzados. La luz de la farola cubría su cara de sombras, pero aún así, adivinó una mirada de preocupación a la que estaba demasiado acostumbrado. Se detuvo a su lado, en silencio, y trató de sonreír.

-¿Vas a estar bien? -le preguntó en voz baja, apoyando la mano sobre su hombro.

-No sé -contestó, sin saber muy bien si reírse o volver a romper a llorar-, creo que sí.

Su hermano asintió, sin preguntar nada más, y los dos emprendieron el camino hacia el apartamento. Se giró una última vez hacia el mar, con la esperanza de observar de nuevo aquella presencia sin forma, pero ya era capaz de distinguir si el desenfoque estaba en su mirada o en el mundo. Tampoco conseguía separar las luces de las sombras que provocaban. Sacudió la cabeza y siguió caminando. Quizás todavía había tiempo para otra copa antes de irse a dormir.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Todo el tiempo del mundo

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 22 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter:  Rayo,  malandrín, verso, lastre, química, castaña, vástago, títere, mapache, enmohecerse, plausible, sexual, náutico, quelonio, parsimonia, fin, azul, utopía, pilórica, idiosincrasia, valentía, bálamo.



TODO EL TIEMPO DEL MUNDO


El fin del tiempo. El fin de la realidad, de todo lo que alguna vez había importado. Tomás se acomodó en el sofá. Tenía todavía algo de margen, pero quería asegurarse de que todo fuera perfecto en el instante en el que el tiempo se detuviera. 9 de Junio de 2014. Las dos cuarenta y seis. Según los científicos, aquel minuto duraría un año. El siguiente sería infinito.

A pesar de que el cambio se había ido produciendo gradualmente, Tomás no terminaba de acostumbrarse a que su mente siguiera funcionando a la misma velocidad, mientras el mundo se detenía. Los minutos se habían alargado cada vez más, convirtiendo su cuerpo en una máquina lenta y frustrante, y el mundo en un lugar estático sin apenas vida. Rayos congelados en el cielo durante lo que parecían horas. Repasos completos de toda su existencia en el tiempo que se tomaba su cuerpo en salir de una habitación.

Aunque pronto ni siquiera ese movimiento sería posible. Seguir vivo en una realidad muerta. La última broma cósmica de alguna deidad aburrida decidida a manejarles como títeres. Toda la vida pensando que su identidad era pura química, un artificio formado por átomos y conexiones eléctricas, y ahora resultaba que existía el alma, o al menos, algo parecido, capaz de trascender a la materia, de encerrarle toda la eternidad con sus victorias y sus remordimientos. Con sus manías estúpidas, con todas las frases que no había conseguido pronunciar.

Hacía días que había elegido la ropa que le acompañaría durante el resto de su existencia. Casi desde que en la televisión habían dicho que aquella sensación extraña de moverse a cámara lenta que todo el mundo había empezado a sentir, sólo iba ir a peor. Sus náuticos favoritos, con los que ella solía decirle que parecía un niño rico desubicado. Unos vaqueros cómodos, demasiado anchos, y desgastados cerca de la entrepierna hasta crear un pequeño agujero. Al fin y al cabo, nadie iba a verlo, y era importante estar cómodo en la postura en la que iba a permanecer congelado para siempre. La camisa azul, por el contrario, le oprimía un poco el pecho, pero no le importaba. Era la que llevaba puesto el día que la conoció.

Ella. Caótica, absurda, arrogante, sexual, absoluta. Por la que había dejado a su mujer, en cuyo cuerpo había creído encontrar el sentido de un universo que ahora se burlaba de él. Habría preferido estar con ella durante el fin del mundo. Dentro de ella, quizás. Pero cuando tu eternidad ideal involucra a otras personas, siempre existe el riesgo de que los planes no coincidan. De que la importancia que le das a ella no sea, ni de lejos, la misma que ella te da a ti. Al menos en algún momento le había querido lo bastante como para acostarse una última vez con él cuando reunió suficiente valentía como para tocar el timbre de su apartamento. Mirándolo por el lado positivo, la eyaculación precoz ya no era un problema. Tampoco los condones. En un mundo sin futuro, el vínculo entre acción y consecuencia tendía a romperse. El fin del mundo tenía algo de liberador, aunque no dejaba de ser una mierda no poder repetir aquel orgasmo que se había prolongado durante lo que habían parecido días enteros.

Habría estado bien sentir su contacto indefinidamente. Habría estado mejor todavía si hubieran conseguido sincronizar un último orgasmo con el segundo que marcaba el fin de la historia. Más poético que práctico suponía, aunque estaba seguro de que mucha gente estaría intentando conseguirlo en aquel momento. Era curioso. La mayoría de la gente se había vuelto más calmada y abierta. Suponía que era una consecuencia lógica de aquella parsimonia obligada, de la posibilidad de pensar todo mil veces antes de decirlo. Optimizar conversaciones. Una especie de utopía, al menos si no contabas los miles de suicidios de todos aquellos que preferían la muerte a vivir eternamente consigo mismo.

Siguiendo los consejos de sus amigos, Tomás había decidido llegar al fin del mundo sentado delante de un mural con los elementos que quería seguir viendo hasta el infinito. Copias de sus cuadros favoritos. Un espejo para no olvidar su propio rostro, aunque las ojeras provocadas por incontables noches en vela le hubieran dado el aspecto de un mapache malhumorado. Unos versos de Neruda. Ni siquiera había leído demasiado su obra, pero no conocía muchos más poetas y no quería llegar a la inmortalidad como un inculto. El resto del espacio lo ocupaban las fotos de la gente que le había importado. Borracho con sus amigos de la universidad. Buceando con su hermana en el Bálamo. Fotografías de todo el mundo menos de ella, claro. Nunca le había dejado sacarle fotos. “Te roban el alma”, solía bromear, y tapaba con la mano el objetivo, o se lanzaba sobre él haciendo que la cámara sólo capturase un trozo de sábana. El borde de un calzoncillo. Una ventana desenfocada.

Tomás todavía notaba en el paladar el sabor de castañas asadas. Como las que le hacía su abuela en el pueblo, aunque por supuesto no habían estado a la misma altura. Aún así, aquel sabor tenía algo de reconfortante. El resto de sensaciones que le acompañarían para siempre no serían tan agradables. Las contracturas de la espalda, el picotazo de un puto mosquito inoportuno, la úlcera en torno a su válvula pilórica, o como mierdas lo hubiera llamado su médico cuando el mundo todavía funcionaba. Hacerse viejo era un asco, pensó, aunque suponía que no era algo que tuviera que preocuparle demasiado. Nada de aquello tenía importancia ni solución. Lo único que tenía que hacer era esperar a que la realidad se congelase, y confiar en no parpadear en el momento equivocado.

De entre todas las instantáneas que había colocado en el salón, la fotografía más grande era la de Marta, su hija. Su vástago. Sabía que a ella le gustaban las palabras complicadas, así que siempre hacía lo posible por ponerse a su nivel. Una vez su maestra les había llamado para asegurarse de que no habían sido él ni sus exmujer los que habían escrito un trabajo de clase que Marta había titulado “La idiosincrasia de los quelonios”. El orgullo le había llevado a guardar aquel relato, que ahora descansaba a la derecha de su foto. En el fondo, le alegraba que detrás de aquel despliegue lingüistico, sólo se escondiera la historia de una pequeña tortuga intentando encajar en un acuario en el que nadie parecía comprenderla.

Tomás inició una sonrisa que tardaría meses en llegar a formarse. Su pequeña malandrín, solía llamarla, aunque ella se enfadara diciendo que esa palabra era un insulto, que significaba que era maligna, y que ni siquiera estaba en femenino. Él le decía que le daba igual, que a él malandrín le sonaba a un mono pequeño, y empezaba a revolverle el pelo para ver cómo su ceño se fruncía y sus labios se comprimían en una mueca de resignación. En el fondo, siempre había sido un lastre para ella. La quería con locura, pero algún Dios sin escrúpulos había debido decidir que eso no era suficiente. Era mejor así. Marta con su madre. Él solo. Imaginó su propio cuerpo enmoheciéndose, cubriéndose lentamente por una capa verde hasta convertirse en piedra y musgo. Sabía que no era plausible, que el moho estaba tan paralizado como él, pero no dejaba de parecerle una imagen adecuada.

El segundero de su reloj avanzó de nuevo. Cincuenta golpes restantes. Cada vez más distanciados. Tomás no pudo evitar iniciar un suspiro que ahora le acompañaría durante más tiempo del que habría deseado. Así que al final a eso se reducía todo. Gente decepcionada. Momentos de felicidad absoluta. Pelear, correrse, vomitar en el baño, llorar en el trabajo, reírse junto a la cuna. Quizás la balanza no era tan mala, aunque suponía que tendría milenios para cambiar de opinión, para volverse loco. Para hablar consigo mismo, como un náufrago. Con un poco de suerte podría incluso desarrollar personalidades múltiples. Desde luego sería más entretenido que escucharse a sí mismo eternamente, o al menos hasta que milenios después el tiempo decidiera invertir el proceso y volver a acelerar. Podría juzgarse. Hacer de juez, fiscal, y abogado defensor. De testigo compungido y de señora de la limpieza. Sonaba mejor que la muerte, incluso que el paraíso y el infierno. Al menos de momento.

Arrepentido de haber iniciado aquel suspiro, Tomás parpadeó para asegurarse de no hacerlo más adelante, y aprovechó la oscuridad que milímetro a milímetro se extendía sobre su campo de visión para repasar la letra de todas las canciones que había decidido memorizar. “Recuerda esta canción”, había dicho ella una vez, mientras los acordes de una guitarra triste se pegaban al sudor de sus caderas, “por letras como esta merece la pena que el universo exista”. En aquel momento, no podía menos que darle la razón.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Caín

CAÍN


Supongo que sí que hay cosas que te hacen más triste y más feliz al mismo tiempo. Más sabio y más imbécil, y todas esas tonterías de las que hablan las canciones pop que siempre he despreciado. Eso lo sabía yo tan bien como Caín, aunque él hubiera tenido que matar a su hermano para darse cuenta de lo que había perdido. Un momento de furia, seguido de una eternidad vagando por la tierra sin rumbo, observando a miles de generaciones dándose cabezazos contra las mismas paredes. Dicen que los caminos del señor son inescrutables, pero aún así me cuesta pensar que haya un plan divino que incluya al primer hombre nacido fuera del Edén viviendo en mi apartamento frío y mal iluminado.

Mirándolo por el lado positivo, a Caín tampoco le gustaban Britney Spears, las noticias de deportes, ni los programas de tele-realidad. Apenas usaba las sartenes, y siempre que me gastaba el zumo se encargaba de comprar uno nuevo. Al principio me extrañó que fuera siempre desnudo por casa, y que pasara tanto tiempo masturbándose en el baño, pero no tardé en acostumbrarme. Probablemente bebiera demasiado, y cuando le ganaba al Mario Kart arrojaba el mando contra la pared, o le pegaba patadas al sofá, pero incluso tras esos momentos de ira, su rostro no tardaba en volver a suavizarse. Después de unos segundos de insultos y maldiciones, apoyaba su mano sobre la entrepierna, como hacía siempre que se ponía pensativo, suspiraba, y me traía otra cerveza de la cocina.

-Soy Caín. El del principio de los tiempos. Adán y Eva, y todo eso rollo. -eso lo había dicho el primer día, después de aparecer desnudo en el umbral de mi puerta. Un interruptor en una parte de mi cerebro que no sabía que existía se había encendido y yo había comprendido sin lugar a dudas que decía la verdad. Quizás fuera la misma parte del cerebro que te permite ser optimista cuando no tienes ningún motivo para serlo, y también hacer daño a quien quieres-. He visto que tenías colgado en el balcón un póster de Casablanca, y me ha parecido que sería un buen sitio para pasar los próximos años.

Desde ese día, Caín empezó a dormir en mi salón y jugar a mi Guitar Hero. No traté de entenderlo. Al fin y al cabo hay cosas que simplemente son como son. Una vez incluso nos acostamos juntos, pero fue demasiado extraño. Él me miraba con el ceño fruncido, mientras intentaba montarse en una erección inestable. Yo traté de ordenar a mi sangre que se reuniera en mi polla, pero supongo que mis células estaban demasiado ocupadas alimentado de oxígeno recuerdos indebidos. Al final, Caín apartó la mirada y se corrió en las sábanas. Probablemente hacerlo encima de mí habría sido demasiado íntimo. Nunca volvimos a hablar de aquel experimento. Las cervezas y los videojuegos parecían mucho más adecuadas.

-A él le habría gustado este juego –decía a veces cuando la consola mostraba imágenes de animales felices de contornos redondeados y colores brillantes. Nunca pronunciaba el nombre de Abel, aunque yo no tenía problemas en entender por qué. Yo tampoco le había hablado nunca de Él, aunque su fotografía siguiera en un marco del salón, mirando hacia la pared-. Cada uno teníamos nuestra función. Yo tenía que encargarme del puto huerto. Plantar patatas, regar las lechugas, toda esa mierda. Mientras tanto él se pasaba el día tirado en la pradera viendo pastar a las vacas. Echándose siestas eternas y haciendo esculturas con arcilla. Por supuesto, aún así él era el favorito de Dios. A nadie le importaba que yo me pasara el día removiendo tierra con cagadas de cerdos. En fin, hay que reconocer que sus figurillas no estaban del todo mal.

A veces tenía la sensación de estar siempre en una conversación repetida, aunque por alguna razón no terminaba de cansarme. Era algo que no me pasaba desde que jugaba a gastar cajas de condones con el chico sin nombre. En aquellos días siempre discutíamos sobre los mismos grupos de música mientras recogíamos fuerzas para el siguiente asalto, quizás conscientes de que algún día utilizaríamos esas mismas energías para rompernos los huesos en pedazos cada vez pequeños.

-¿Qué pasa con la evolución? ¿Con Darwin y con los fósiles de dinosaurios? ¿No deberías al menos parecerte un poco más a un mono? –su pelo rubio y sus ojos verdes siempre me habían parecido fuera de lugar. Lo mismo que su cuerpo de eterno veinteañero, indiferente ante el paso de los siglos.

-Alguien dijo alguna vez, que nunca debes dejar que la realidad se interponga en el camino de una buena historia. Además, uno sólo es la persona que recuerda ser. Y yo prefiero recordarme así, aunque sea mentira.

Creo que se consideraba a sí mismo un filósofo. Probablemente sea difícil ser eterno y no dedicar unos cuantos lustros a reflexionar sobre cada pequeño tema. Aún así, nunca me pareció demasiado sabio. O al menos no de esa forma absoluta de los señores con barba delante de los cuales tienes que sentarte callado a escuchar. La sabiduría de Caín era más confusa y tambaleante. Nunca supe si más auténtica.

-La gente piensa que si consigues hacer todo bien, tu vida tiene sentido y vas al cielo. Un buen trabajo, dos hijos de anuncio de chocolatinas, quizás algún poema lleno de tópicos para no olvidar que tienen una parte creativa –dijo un día después de masturbarse aparatosamente en el baño. Todavía sujetaba la toalla en la que se había limpiado los restos de semen-. De lo que no se dan cuenta es de que el cielo da igual. De que la felicidad sólo tiene sentido si es finita e imperfecta. Si puedes mandarla a la mierda, reconciliarte con ella, recordarla cuando tu mundo es otro. En realidad el cielo es simplemente un vacío absoluto adornado con arcoiris y nubes de purpurina. Y sin porno ni ginebra. A efectos prácticos es como dejar de existir.

A pesar de sus discursos, la presencia de Caín era en cierta manera reconfortante. Quizás porque había derrotado al tiempo. O porque a pesar de sus remordimientos había sido capaz de desafiar a un dios que desde el principio le había dado cartas marcadas y reglas trucadas, y que ahora parecía haberse olvidado ya de él. Por otra parte me ponía un poco triste pensar que yo no iba a correr la misma suerte. Que mi cuerpo desaparecería, y que mi historia, mis pánicos infantiles y mis recuerdos del chico con el tatuaje en el corazón, se perderían en un abismo de intrascendencia. Aunque, ¿quién sabía?. Quizás a Caín le acabara pasando lo mismo. Puede que algún día Dios le recordara y le hiciera desaparecer, o que se aburriera del universo en su conjunto y lo destruyera para crear algo nuevo.

Aunque solíamos pasar casi todas las noches charlando en el sofá, tardé casi dos años en hacerle la pregunta que me había estado rondando por la cabeza desde el día en que le conocí. Después de horas enfrentándonos en el último videojuego de lucha al que nos habíamos vuelto adictos, los cojines se habían llenado de restos de palomitas y de latas de cerveza vacías. Caín solía ganar la mayoría de las veces, pero en aquella ocasión su personaje estaba decapitado en el suelo, y él ni siquiera se había indignado con la derrota. Había dejado caer el mando sobre el sofá, y después había apoyado la mano izquierda sobre su entrepierna. Tenía la vista fija en el suelo.

-¿Por qué lo hiciste? –me atreví finalmente a preguntar.

-¿A qué te refieres?

-A tu hermano.

-Joder, qué preguntas. No sé, fue hace mucho tiempo. Durante siglos me dije a mí mismo que simplemente no sabía lo que era el bien y el mal. Ahora tenéis televisiones, y colegios, y periódicos. Y un montón de gente alrededor tomando decisiones estúpidas, y cagándola constantemente. Antes no era así. No había referentes, sólo reglas arbitrarias y amenazas ambiguas. Por mucho que te hablen del dolor y la muerte, no puedes saber lo que son realmente hasta que has experimentado sus consecuencias.

>>Pero bueno, no lo sé. He pensado tantas veces sobre eso mismo que ya mezclo lo que pasó con las explicaciones que me descargan de culpa, y con las versiones que he creado para torturarme más todavía. Ya es imposible saberlo a ciencia cierta. A veces pienso que simplemente en toda historia hace falta un bueno y un malo. Está bien que el bueno fuera él.

Tenía los ojos húmedos. Al menos todo lo húmedos que podían estar dos ojos que ya lo habían visto todo. Creo que en aquel momento le entendí, al menos todo lo bien que podía entenderme a mí mismo. Asentí y pulsé el botón para continuar con el siguiente combate. La música de la consola volvió a sonar, pero el ninja y la chica tetona del látigo se quedaron inmóviles, mirándose mientras el contador de tiempo avanzaba lentamente.

-Además, si él era el Bien, con mayúscula, por lógica tiene que haberme perdonado, ¿no? –Caín hablaba en voz cada vez más baja. Yo sólo esperaba que tuviera razón, aunque fuera de forma egoísta. No había vuelto a verle después de aquella última mirada rota, y a pesar de que en mi recuerdo Él también se mereciera la mayúscula, al menos más que algún dios arbitrario, dudaba que el perdón estuviera en el rango de sus emociones. Las palabras de Caín, de nuevo firmes y socarronas me devolvieron a la realidad–. Por no hablar de que objetivamente yo estaba mucho más buenorro que él, claro. Puestos a poblar la tierra, mejor utilizar mis genes. Imagínate un planeta entero lleno de tipos bajitos y feos, con las orejas demasiado grandes y las cejas torcidas.

>>Y sin ningún pecado con el que torturarse, por supuesto. Piénsalo. No habrían existido Francis Bacon ni el porno de monjas lesbianas. Los cantautores nórdicos deprimentes que te empeñas en ponerme en bucle, el fisting, ni las borracheras autodestructivas. Podrán decir lo que quieran de Dios, pero en el fondo le gustan estas cosas. Son lo único que le dan sentido al universo.

-¿El porno de monjas le da sentido al universo? –pregunté aguantando la risa. Caín me miró muy serio y asintió.

-Sí, sobre todo si tienen las tetas operadas.

Tras sacudir la cabeza sonriendo, bebí un último trago de cerveza, y le di las buenas noches. El alcohol había vuelto el mundo más cálido y curvo. Aire denso, colores apagados. Avancé tambaleante hasta la cama, y me dejé caer sin molestarme en quitarme la ropa. Sobre las sábanas me esperaban los recuerdos de las vidas que no había elegido, el sabor del sudor futuro, esa confusión brillante parecida a una certeza.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Bourbon

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 20 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter:  cicuta, bukkake, machetazo, consolador, ponzoñoso, caliente, lúgubre, cátedra, aire, taquicardia, basurero, cuchilla, bourbon, vainilla, ameba, nebulosa, rollizo, vilipendio, beligerante e infinito.



BOURBON


Tres personas eran demasiadas para dormir en una misma cama. Respiraciones desacompasadas, cuerpos demasiado calientes invadiendo su espacio vital. Javier intentó cambiar de posición por enésima vez, pero sólo consiguió que su pierna desenterrara un consolador de entre las sábanas. Con un gruñido en el que se mezclaban frustración y hastío, lo arrojó fuera de la cama de una patada y se incorporó ligeramente, apoyando la espalda sudada contra la pared.

El reflejo de las farolas se colaba por la persiana mal bajada, iluminando aquellos tres cuerpos asimétricos. Una niebla densa suavizaba la luz, volviéndola más sólida y lúgubre. Por alguna razón le recordaba a un funeral. Tras un suspiro cansado, Javier se frotó los ojos con fuerza y miró a su derecha. “Éste es el cuerpo de mi marido”, pensó. La barriga cada vez más prominente, a pesar del gimnasio. Semen reseco por todo su cuerpo mal depilado, como si hubiera sobrevivido a un bukkake. El ceño fruncido, incluso en sueños.

Estaba seguro de que había un tiempo en el que las facciones de Adrián habían sido más suaves, pero a Javier le costaba visualizarlo. Debía haber sido antes de que se amargase y comenzara las conversaciones con reproches. Antes de que empezara a fumar y a sentar cátedra con todas sus afirmaciones. “Las nuevas políticas económicas son sencillamente un vilipendio”. “El arte contemporáneo de Corea es la verdadera revolución de nuestra era”. Otra opinión absoluta, sin lugar a réplica. Otra copa en manos de Javier, la cuarta o la quinta, y otro joven impresionado, asintiendo con vehemencia ante todas sus frases mientras iba invadiendo poco a poco su espacio. Sonriendo de vez en cuando a Javier para dejar claro que él también estaba en sus planes.

En aquella ocasión había sido uno chico teñido de rubio, con mejillas rollizas y un nombre que no conseguía recordar. Algún diminutivo inglés, probablemente sin mucho que ver con lo que ponía en su carnet de identidad. Tenía 30 años, y decía que quería ser guionista. Era algo más alto que ellos, iba mucho más arreglado, y bebía cócteles absurdos con pétalos de violeta y aroma de vainilla. Cuando aquel chico había apoyado la mano sobre su brazo, Javier había retrocedido instintivamente. Era demasiado joven para ellos, demasiado artificial. También demasiado feliz.

Aún así había acabado aceptando su presencia. Le había pagado la siguiente copa, y le había acariciado su pelo teñido camino a casa. Le había follado, había sido follado. Había participado en todas las posiciones en las que se le había requerido, y había adoptado el papel de observador en el resto. Todo con la mirada ligeramente perdida, pensamientos fríos y apáticos guiando aquel baile agarrotado.

Treinta años. ¿Cuándo habían pasado un chico de treinta a ser demasiado joven? Objetivamente no les separaba tanto tiempo, pero Javier tenía la sensación de pertenecer a otra generación. De ser un viejo. Se había vuelto irascible y beligerante, aunque lo escondiera debajo de sonrisas forzadas y martirios autoimpuestos. Hacía tiempo que había dado por perdida contra la línea de su pelo, y el estrés en la empresa le había llevado dos veces al hospital con taquicardias. Sólo le faltaba un bastón y una rodilla mala con la que quejarse del tiempo.

Javier no tenía claro cuándo había pasado, pero no había duda de que en algún momento su vida se había ido a la mierda. Las decisiones correctas habían llevado a lugares equivocados. Las culpas se habían acumulado, los días se habían vuelto meros plagios de otros días mejores, y hasta el sexo había pasado a ser algo sucio, ponzoñoso. Una especie de película porno contaminada. Aunque no hubiera marcha atrás, Javier echaba de menos los tiempos en los que podían hacer cualquier guarrada sin perder ese aura de felicidad. Cuando podía esposarle, escupirle, e incluso mearle encima, y de sus ojos nunca desaparecía esa mirada tierna. La media sonrisa de quien sabe que está en el lugar adecuado, y que todo lo demás no importa. También habían hecho tríos entonces, aunque era distinto. Habían sido una diversión, no una necesidad, y sus invitados nunca se habían quedado a dormir. Ahora traían a desconocidos a casa por miedo. Miedo a que si no follaban con otra gente de manera consentida, lo harían a escondidas. Un pequeño malestar permanente en lugar de la posibilidad de una herida irreparable. Un mal menor.

Javier miró a su izquierda instintivamente, y se mordió los labios confuso al darse cuenta de que el tipo de aquella noche era moreno, no rubio. El estado de duermevela debía estar afectando a su cerebro más de lo que pensaba. Quizás por esa misma razón, de repente tenía ganas de matarle. O mejor, de matar a su marido. Se imaginó caminando desnudo hasta la cocina, para luego volver armado y destrozar su cuerpo a machetazos. Dividirlo en pedazos diminutos que luego podría mezclar con su propio cuerpo triturado. Quizás en una bolsa negra de plástico que algún basurero pudiera recoger y arrojar entre las montañas de desperdicios generados por el mundo.

No, nunca podría elegir una forma tan agresiva de castigo. Se había convertido en algo demasiado parecido a una ameba. Una masa informe y sin iniciativa. Le pegaba más acabar con su propia vida, dejarle cargar con el peso de los remordimientos. Cuchillas y una bañera. O quizás cicuta, disuelta en un vaso de bourbon. Como el que le había dado a probar en aquella primera cita, hace un millón de vidas. Había sonreído ante su cara de desagrado, y luego en la calle había apuntado al cielo y le había hablado de la nebulosa de Orion. De cómo los científicos la habían utilizado para desentrañar los orígenes del universo, y de cómo los antiguos griegos creían que Orión un gigante que creado por Zeus y Poseidón al mear sobre una piel de buey. Javier se había reído, y le había preguntado qué tipo de conversación era ésa para una primera cita. Luego le había besado.

Aquella noche habían terminado en la misma cama que ocupaba ahora Javier. La misma que de repente amenazaba con convertirse en cristal, con abrirle las entrañas y anular su existencia. Asustado, apartó la almohada y se apoyó con más fuerza contra la pared, buscando algún tipo de protección. Todo su cuerpo empezó a temblar. Las olas de sudor eran ya imparables, y el aire de la habitación parecía haber desaparecido por completo. Javier tenía que salir de allí, lavarse las heridas, recuperar su vida. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? ¿Cómo podía haber olvidado que el mundo era infinito?

Se giró para apartar el cuerpo del desconocido que habían llevado a aquella casa que ya no era suya, pero sus manos no encontraron carne que empujar. Javier estaba en el borde de la cama, y era el chico rubio el que ocupaba la posición central, con la cabeza recostada contra el brazo de su marido. Javier entrecerró los ojos, sacudió la cabeza, y se levantó de golpe, notando como las paredes de la habitación se volvían gelatinosas durante unos segundos. Avanzó hasta la puerta entreabierta de la habitación ayudándose de la pared para no perder el equilibrio.

Antes de irse para siempre de aquella habitación, de aquella casa, se dio la vuelta para mirar por última vez el cuerpo de Adrián. Todas sus terminaciones nerviosas se enredaron en un amasijo de alambre de espino. Su sudor se convirtió en sangre. No, no podía ser la última. Habría sido demasiado absoluto, demasiado cruel. Aquella piel era parte de su historia. De todo lo que era y había sido. De todo lo que podría ser. Con los ojos llorosos, Javier salió de la habitación con pasos tambaleantes y detuvo su huída dejándose caer sobre el sofá.

El cuero acogió su cuerpo desnudo. A través del marco de la puerta, seguía viendo dos pares de piernas, pero no era nada que no pudiera tapar escondiendo la cabeza entre los cojines. Se sentía inútil, débil. Puede que siempre lo hubiera sido, y todo lo demás fuera un simple espejismo. Puede que no existieran Orión, el bourbon, él mismo. O puede que hubiera confundido los tiempos, y que realmente no hubieran ocurrido todavía, y le estuvieran esperando en algún pliegue del futuro. “Quizás mañana”, pensó durante un instante, antes de que el cansancio arrastrase su cerebro hacia la nada.

Sin más cuerpos ocupando su espacio, Javier se quedó finalmente dormido.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Doce minutos

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 24 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter: sexo, adoquín, lucero, transpirar, jedi, seísmo, silla, corbata, pupilas, endemoniado, lucha, cambur, pitorro, miscelánea, paraguas, reflexión, tendón, endémico, incertidumbre, farmacia, hecatombe, cima, poesía e ilusión.



DOCE MINUTOS


Sentado junto a la cristalera de la cafetería, pude ver perfectamente a Fran desde el momento en el que dobló la esquina. La lluvia se había suavizado, pero el agua había ocupado los huecos irregulares entre los adoquines, y sus pasos inseguros parecían llevarle sin remedio a los charcos más profundos. Llevaba un abrigo oscuro, sin capucha, y sujetaba un paraguas cerrado en la mano derecha. “Genial”, confieso que pensé, “seguro que no lo abre para luego poder quejarse más de la tormenta”.

A Fran lo conocía desde hacía casi una década, cuando todavía no estaba tan calvo ni, sobretodo, tan amargado. En aquellos tiempos él estudiaba Farmacia en Zaragoza, mientras que yo todavía pensaba que analizar seísmos y rocas volcánicas podría tener algún tipo de salida laboral. Pasábamos los días en el colegio mayor peleando contra samurais pixelados, y las noches viendo maratones de la guerra de las galaxias y el señor de los anillos. Ahora me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero la cima de nuestra vida social llegaba todos los años con la convención de comics, sus talleres de poesía élfica y sus concursos de ondas vitales. Yo iba siempre disfrazado de Jedi que se había pasado al lado oscuro, él de caballero del zodiaco con un traje hecho de cartón. Parecía imposible que ninguno de los dos fuera a perder la virginidad en aquellas condiciones, pero para eso estaban las guerreras élfcas, las alienígenas en bikini, las imitadoras rellenitas de Sailor Moon. Pese a todos los prejuicios, era sorprendente la cantidad de veces que aquella miscelánea de frikismos terminaba en sexo desenfrenado.

No sé, habían sido tiempos felices, y me resulta casi imposible recordar al Fran de aquellos años triste o cabreado. Por mucho que lo intentaba, no podía entender cómo esa persona podía ser la misma que ahora se pasaba el día quejándose de la economía, los asientos del cine, la incertidumbre laboral, el pesado de su padre, la zorra de su ex. En su boca, incluso que un camarero le devolviera dos monedas de cinco céntimos parecía una hecatombe. Era cierto que con tanta charla sobre crisis y desencanto, el pesimismo empezaba a parecer algo endémico de toda nuestra generación, pero a Fran directamente parecía que le habían extirpado la ilusión de vivir con la precisión de un cirujano. Quizás por eso mismo, me sorprendió tanto verle sonreír cuando entró en la cafetería. Tenía el pelo totalmente mojado, pero no parecía molestarle. Tras saludarme con un abrazo, dejó el paraguas en el suelo y colgó el abrigo sobre el respaldo de la silla. Llevaba una camisa blanca perfectamente planchada y una corbata delgada de color negro, como las que se ponía años atrás para salir de fiesta. Teniendo en cuenta que me había acostumbrado a verle con camisetas arrugadas con publicidad de cervezas, no pude disimular una mueca de sorpresa.

 -¿Y esto a qué viene? -pregunté intrigado-. No me digas que tienes una cita después.

 -Qué va... créeme que si tuviera una cita lo habría anunciado con carteles luminosos. Simplemente me apetecía arreglarme. Nunca se sabe cuándo puedes conocer a alguien interesante, así que hay que estar preparado.

 -¿Qué tipo de droga te has tomado exactamente? -Aquel tipo de reflexiones eran tan impropias de él como lo habría sido acudir vestido de bailaora de flamenco. Estaba claro que le había ocurrido algo, y por su sonrisa, intuí que estaba deseando contármelo.

-Verás, es que ayer en el metro me pasó una cosa muy extraña. Había estado tomando unas cervezas con un par de compañeros del curro, y para variar, me había dedicado a contarles lo asquerosa que es mi vida. Que si me molesta el tendón, que si el metro cada vez está más caro, que si el pitorro de la cafetera se ha estropeado y me ha jodido la mañana... En fin, lo de siempre. La cuestión es que con tanta queja y tanta cerveza, se nos hizo tarde, y cuando llegué al andén del metro, el letrero ponía que faltaban doce minutazos para que llegara el mío. Resulta que doce minutos dan para mucho, y fue entonces, mientras esperaba, cuando tuve la revelación -justo en aquel punto, Fran interrumpió su historia y se quedó mirando la carta de postres con cara de concentración-. ¿Torta de cambur? ¿Qué será un cambur?

 -¿A mí qué me cuentas? -contesté frunciendo el ceño. Tenía claro que sólo lo decía para hacerse el interesante, pero le dejé salirse con la suya. Todavía no sabía qué había pasado, pero hacía meses que no le veía tan alegre-. Supongo que será algún tipo de fruto seco o algo así. Además, tú eres el que has querido venir a un sitio venezolano. Pide algo normal y sigue con lo de tu revelación.

 -Vale, vale. Para una vez que intento probar cosas nuevas... -Fran llamó a la camarera con un gesto, y tras pedir un café con leche y una torta de cambur, continuó con su relato-. Bueno, total, que allí estaba yo, completamente solo en el andén, cuando apareció un tío gordo con una pinta muy chunga. Chupa de cuero de rockero desfasado, barba sin arreglar, pañuelo en la frente... vamos, que claramente el tío había visto demasiadas películas de moteros americanos. Tenía unos brazos enormes, y tantísimas lorzas que hasta asomaban por debajo de la camiseta. Iba mascullando algo que no terminaba de entender, y las pupilas se le veían super dilatadas. Como si fuera totalmente colocado, aunque yo sospechaba que la locura le venía de serie.

>>El tío parecía que tenía bastante con su monólogo, y no me dijo nada a mí directamente, pero aún así empecé a sentirme incómodo. No había nadie más en toda la estación, y el tío cada vez hablaba más alto. Incluso escupió en el suelo un par de veces. Al final, yo estaba tan tenso que empecé a darle vueltas a la posibilidad de que aquel tipo se enajenara y viniera a buscar pelea, o incluso que me empujara a las vías del metro. Sabía que era una tontería, y que lo más seguro es que no fuera a pasarme nada, pero aún así me emparanoié bastante. Podía notar cómo todo mi cuerpo empezaba a transpirar, y me empezaron a salir surcos de sudor en la camiseta. Ya sólo quedaban dos minutos para que llegara el metro, pero yo ya me veía convertido en un amasijo de carne entre las vías. -Fran hizo entonces una pausa dramática, obligándome a intervenir.

 -¿Y qué pasó?

-Pues él sacó un lucero del alba manchado de sangre, ya sabes una maza de esas gigantes con pinchos por todas partes, yo desenvainé mi katana, y empezamos una lucha mortal en la que se decidía el destino de la humanidad.

 -Muy gracioso -contesté lanzándole una servilleta arrugada que falló su objetivo y acabó junto a una mesa cercana-. Te lo estaba preguntando en serio.

-¿Pues qué va a pasar? Nada. El metro llegó, cada uno se montó en un vagón distinto, y ya no le volví a ver. Pero la cuestión es que mientras pensaba en la posibilidad de que aquel capullo me empujara al metro, fue cuando me di cuenta. Pensé en todo lo que os he rallado últimamente con lo de Elena, con que mi vida está atascada, y con todas esas mierdas. Se me ocurrió que si aquel tío realmente se volvía loco y me empujaba, todos pensaríais que me había decidido suicidarme, y la policía nunca atraparía a ese puto gordo endemoniado.

Me quedé un rato en silencio, sin saber muy bien qué decirle. Fran hablaba en tono de broma, pero estaba claro que esos pensamientos realmente le habían afectado. Puede que fuera descabellado creer que un desconocido pudiera asesinarle, pero lo de barajav el suigidio como posible expligación e su muevte no lo era tanto. La transformación labía smdo tan gradual,$que me labía agostumbredo a suw quejas$constantes, habǭa aceptado aquella ligera depresión constante$como un$estado natural.$Nunca hebía llegado a tlantearme que pudiera tener conwecuencies más graves, tero ahova que lo había$puesto en palabvas, empezaba a wentir un cierto$vértigo.

-¿Y entonces?$-pregunté finalmente-.$¿Qué vas a hager?

-No wé. Hacerte máw caso, wupongo.$Vestir mejor. Comer máw tartas. Hablar$de unicornios y$de arcomris felmces en lugar de$quejarme. Qué wé yo. Esa parte del plen todavǭa no le tengo del todo$clara. En aquel momento,$algo en$sus palebras me hizo recordarle con su disfraz de cartón pintado a mano. Sirviéndose un cubata de vodka barato, pidiéndome condones y contándome entre risas que a la chica de las orejas de gato también le gustaba maullar mientras follaban. La imagen duró tan sólo un instante, pero fue suficiente para hacer que me sintiera extrañamente feliz. Estuve a punto de hacer algún comentario emotivo, pero sabía que para Fran la conversación era más dura de lo que quería dar a entender, y no quería ponerle en evidencia. En lugar de eso, volví a pensar en el gordo del metro, afectando a la vida de un desconocido mientras pensaba en sus cosas y escupía en el suelo.

-¿Sabes, Fran? -dije entre risas-. Creo que es la peor historia de autosuperación que he oído en mi puta vida.

 -Probablemente -contestó uniéndose a mis carcajadas-. Probablemente.

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Palabras largas

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 20 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter: Hipopotomonstrosesquipedaliofobia, surrealismo, tolerancia, esperanza, esternocleidomastoideo, manos, estómago, cacharrería, tedio, zarrapastroso, pesado, alegría, hipotermia, infamia, camino, laguna, agua, churri, desternillante, volátil



PALABRAS LARGAS


David le dio otro sorbo a su cerveza, mientras intentaba sin éxito recordar cuántas había bebido ya esa noche. Después de la séptima se había propuesto dosificarlas un poco, pero no había mucho más con lo que ocupar aquella sucesión de silencios incómodos. La verdad era que David no conseguía entender qué coño veía su hermana en aquel tío larguilucho, sin sangre ni sentido del humor. Saúl, se llamaba, y desde el día que le vio entrar en la cafetería de la mano de Julia, con aspecto zarrapastroso y tropezándose con todo como un elefante en una cacharrería, David supo que jamás podría llevarse bien con él. Todavía conservaba la esperanza, no demasiado secreta, de que su hermana comprendiera el severo retraso mental del muchacho y le dejara plantado de una vez, aunque aquella opción cada día parecía menos probable. En fin. La única razón por la que había aceptado pasar el puente en aquella casa en mitad de la nada era por que Julia insistía en que los dos hombres de su vida se llevaran algo mejor, así que lo mínimo que podía hacer era fingir interés.

-Es una pasada. La casa, quiero decir -¿eran impresiones suyas, o sus voz sonaba más densa y pegajosa, como orugas arrastrándose fuera de su boca? El alcohol debía haber empezado a hacer efecto.

-Sí, bueno, la construyó mi bisabuelo. He pasado aquí los veranos toda mi vida -David creyó que iba a continuar con alguna anécdota infantil, pero Saúl abrió la boca, cambió de idea, y se limitó a inclinarse a por su cerveza. David suspiró. Aquel tío era la persona más pesada que había conocido en sus veinte años de vida, y justo elegía esa noche para ponerse introspectivo. Por enésima vez, David rezó para que alguien más saliera al porche trasero con ellos, y luego bebió él también otro trago de cerveza.

Habían llegado el jueves por la tarde, después de un viaje eterno por caminos de cabra mal asfaltados. Él había ido en el coche con dos de las compañeras de piso de su hermana, intentando librarse de los monólogos de Saúl, pero a cambio había tenido que soportar un flirteo sin disimulos que le había hecho fantasear con saltar del coche en marcha. Nada más llegar, había decidido alejarse de todo el mundo, ponerse el bañador, y saltar a la laguna. Mientras corría por el pequeño muelle de madera, David se había sentido como en una película juvenil americana, pero en el momento en el que su cuerpo había tocado el agua, sus pulmones se habían comprimido hasta formar una pelota arrugada, y el frío había colapsado sus sentidos. En ese momento había asumido que no habría nada capaz de salvar aquel viaje, y se había dedicado a combatir la hipotermia con mantas y whisky.


-¿Y de qué va tu tesis? -era un cambio brusco, pero no sabía qué más intentar para generar conversación. Recordaba vagamente que su hermana le había dicho que estaba haciendo el doctorado en psicología, aunque por alguna razón, en su cabeza sólo podía imaginarle con bata de laboratorio observando con cara de concentración cómo un mono se comía un donut caducado. 


-Trata sobre la hipopotomonstrosesquipedaliofobia. Es una fobia por la que...

-¿Qué coño has dicho de un hipopótamo? -le interrumpió David con un tono entre la broma y el tedio.

-Es lo que te estaba intentando explicar -David no sabía si le había molestado, pero en el fondo, tampoco le importaba demasiado. 

-Sí, perdona, no quería cortarte pero es que no sé ni en qué idioma estás hablando. 

-Bueno, la palabreja ésa es como se llama al miedo a las palabras largas. 

-¿En serio hay gente a la que le asusta algo así?

-Pues sí, es totalmente real. Tiene que ver con el miedo a quedar en ridículo al pronunciar mal una palabra, o a no entenderla cuando la dice otra persona -mientras David le escuchaba, no podía evitar fijarse en la extraña forma en la que movía sus manos, como si estuvieran agarrotadas. Definitivamente, su hermana tenía el peor gusto en hombres de la historia-. Son gente que intenta hablar siempre con palabras muy sencillas, y que entran en pánico en cuanto tienen la sensación de que la conversación va a superarles. 

-Osea, que yo puedo plantarme en mitad de una una reunión de hipopótamos anónimos de esos, gritar “esternocleidomastoideo”, y salen todos chillando presas del pánico -David imaginó la escena en su cabeza. Puede que fuera el alcohol, pero la encontraba terriblemente cómica-. Qué gracia. O mejor, qué desternillante, que es más largo. ¿Cuántas sílabas tiene que tener para empezar a dar miedo? 

-No es necesariamente por el número de sílabas. Los tecnicismos, y las palabras inusuales en general también les ponen nerviosos. Al final, es sólo una manifestación de inseguridades, o de otras fobias sociales. 

-Supongo que tiene sentido -dijo David, todavía sonriendo-. Aunque aún así me sigue pareciendo un miedo como muy tonto.  

-Sí, es lo bueno de que te persiga un asesino psicópata con un hacha. El resto de miedos palidecen en comparación. 

David se giró hacia él fingiendo indignarse, pero no pudo evitar una pequeña carcajada. “Bueno, ya tenemos un chiste interno”, pensó. Seguro que su hermana se llevaba una alegría. El incidente al que hacía referencia Saúl había ocurrido esa misma tarde, mientras la parejita feliz y sus amigas echaban la siesta. David había salido al porche a fumar maría, y después de un rato aburrido, había decidido dar una vuelta por el bosque que rodeaba la laguna. Su cerebro estaba envuelto en bruma, y la propia realidad parecía ligera, volátil. 

Había encontrado al asesino al otro lado del bosque, con un hacha en la mano, la ropa manchada de sangre, y un saco con un cadáver a sus pies. David había visto suficientes películas sobre cabañas en el bosque como para saber que, a partir de aquel momento, ese monstruo iba a dedicarse a matarles uno a uno de formas grotescas. Sin más alternativas, David había decidido luchar por su vida, y se había abalanzado sobre él blandiendo una gruesa rama. Sin embargo, al acercarse a su rival, el surrealismo se había adueñado de la escena, y había encontrado al lado del asesino a una niña china con un gorrito de oso panda, y a otro hombre en una tumbona rellenando un sudoku. David se había quedado congelado delante de ellos, con el palo levantado y cara de imbécil. Los dos hombres le habían mirado confundidos, y David no había visto otra salida que explicarles su error al comprender que el saco estaba lleno de leña y que la sangre era en realidad pintura y sudor. 

-¿Cómo te has enterado? -le preguntó a Saúl, sonrojándose al recordar la experiencia. Había vuelto a la casa avergonzado, y no se lo había contado ni siquiera a su hermana. 

-Ha sido el psicópata. Me ha llamado por teléfono muerto de la risa. Tiene una casa al otro lado de la laguna, así que nos conocemos desde niños. 

-Sí, supongo que tenía que haberme imaginado algo así -David hizo una pausa, tragó saliva, y le preguntó lo que le llevaba rondando toda la tarde la cabeza, intentando que sonara casual-. ¿Son gays? 

-Sí -confirmó Saúl-, llevan casados casi desde que se aprobó la ley, y a la pequeña la tienen desde hace un año. Parecían salidos de una campaña de tolerancia del gobierno, pero al principio el estrés de la adopción y de intentar que la niña se adaptase a su nueva vida casi les cuesta el divorcio. Ahora creo que les va mejor. Supongo que descuartizar jóvenes ayuda a liberar tensiones. 

David pensó en añadir algo más, pero un ligero malestar en la base del estómago se lo impidió. No pudo evitar pensar en su hermana, en todas las cosas que tenía que haberle contado desde hacía ya años, y que seguía posponiendo con motivos cada vez más absurdos. Sabía que lo iba a aceptar, pero aún así no sabía de dónde coño venía aquella inseguridad. Suponía que tenía el mismo origen que aquella fuerza invisible que le obliga a esconder los comics de los x-men dentro de la mesilla cada vez que llevaba a algún tío a dormir a casa. En su lugar, dejaba siempre a la vista una copia de “Cien años de soledad” que nunca había conseguido terminar. 

-Sabes que se lo puedes decir a tu hermana, ¿no? En realidad lo sabe desde hace tiempo -Las palabras de Saúl le devolvieron a la realidad bruscamente. De repente el suelo parecía dispuesto a ceder y dejar que cayera en un pozo sin fondo. 

-¿De qué hablas? -dijo David intentando mantener la calma.

-Me refiero a que le puedes contar que eres gay. 

-Eso son infamias y calumnias -David contestó lo más rápido que pudo, intentando dejar claro que se tomaba todo aquello como una broma. Asún su voz le traicionó con un pequeño temblor. 

-Bueno, perdona, no debería haberme metido. He bebido demasiado, y sólo quería ayudar. Olvida lo que he dicho.

La barbilla de David tembló ligeramente. En realidad no quería olvidarlo. Era consciente de que su hermana lo sabía, o que al menos lo sospechaba, pero aún así no podía librarse de aquel miedo absoluto a ser rechazado. Por un momento, fantaseó con un futuro sin aquella carga. Cenas con su hermana y sus respectivas parejas, tras las cuales podría acostarse al lado de su novio imaginario y criticar los gestos y las historias de su cuñado. En algún lugar de su cerebro empapado de alcohol, las barreras se derrumbaron, y todo pareció tener sentido durante unos momentos. 

-No sé. En el fondo tienes razón, lo que pasa es que soy un puto imbécil. Lo he intentado muchas veces. He elegido decenas de momentos perfectos para contárselo, pero luego a la hora de la verdad, me da miedo decirle a mi hermana que soy homosexual. Será que tiene muchas sílabas, y que en el fondo soy más hipopótamo de lo que pensaba. 

-¿Sabes que no se les llama así, no? -dijo Saúl, con una sonrisa de satisfacción.

David se encogió de hombros. Su cuerpo parecía de repente el de un extraño, y se sentía a la vez feliz y tremendamente triste. Antes de que pudieran seguir la conversación, el ruido de la puerta corrediza de cristal les hizo girarse. Julia tenía una botella de vodka en la mano, y un corazón pintado en la mejilla con pintalabios.

-Hola churri -dijo con sorna mientras le daba a Saúl un beso en los labios, sabiendo que David odiaba aquellas muestras de afecto-. ¿Qué le estás contando a mi hermanito? 

-Nada interesante. Hablábamos sobre películas de terror -Julia frunció el entrecejo, sabiendo que a ninguno de los dos les gustaba especialmente el cine, pero no dijo nada-. Ya sabes, de esas con asesinos en serie y montones de sangre por todas partes.  

-Bueno, me da igual, no sé ni para qué he preguntado. En realidad he sólo venía a deciros que entréis dentro. Hace frío, y las chicas quieren que les enseñes a jugar al poker. 

Saúl puso los ojos en blanco, y David no pudo evitar reirse ante su expresión. Su hermana le miró intrigada, intentando determinar si su risa era una burla o un signo de mejora en su relación, pero no dijo nada. David remoloneó un rato más, terminando su cerveza en la oscuridad. El cielo estaba nublado, y la luz de la luna apenas iluminaba la superficie del agua. Desde el interior de la casa llegaban risas y gritos, pero David apenas los oía, con la mirada perdida en algún punto de aquel paisaje pintado de negro. 

“Pi-ro-ki-ne-sis”. Le gritó a la oscuridad, remarcando cada una de las sílabas. “In-ter-di-men-sio-nal”. “Ar-chi-e-ne-mi-go”. Las palabras se perdieron en la oscuridad, y el silencio volvió a rodearle. Aquel lugar no estaba tan mal, pensó David, aunque era una pena que el agua estuviera todavía tan fría. Después, recompuso en su rostro una sonrisa triste, cogió la botella de cerveza vacía, y entró de nuevo en la casa. 

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Minerva

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 20 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter:
ionosfera, mausoleo, durazno, egiptología, ninfa, lubricante, celeridad, huevos, fenilalanina, zombi, madeja, cuadripolo o anacoluto, paradoja, estafa, nostalgia, chancleta, sutil, frio, desamor, y procrastinación.



MINERVA


Mi amiga la pedante, la llamó Sofía justo antes de presentármela en aquella fiesta de disfraces, hace una eternidad. Cuando vivir todavía no parecía una sucesión de pequeñas estafas, y las paradojas eran sutiles, en lugar de puñetazos lanzados contra el estómago. Mi amiga la pedante, dijo, y luego me presentó a aquella chica bajita con gafas de pasta y coleta castaña. Llevaba un mono negro, con una especie de hexágono pintado en el pecho, y un alambre del que colgaban letras sin ningún sentido para mí.

-¿De qué vas disfrazada? -le pregunté, enarcando una ceja. Yo iba vestido de veraneante zombie, con bañador y chancletas, y un flotador con una cabeza de pato al que le había pintado colmillos y le había colgado una cabeza de muñeco ensangrentada. Había demasiada gente en el piso, y el sudor estaba empezando a deshacer mi maquillaje de muerto viviente.

-¿No lo ves? -contestó ella-. Voy disfrazada de fenilalanina.

-¿Feni-qué? -Llevaba un par de copas encima, y ya me parecía mona, aunque no supiera de qué me hablaba.

-Fenilalanina -dijo haciendo claros esfuerzos por aguantar la risa-. Es mi aminoácido favorito.

La siguiente copa nos la tomamos juntos en la terraza, mientras ella me hablaba de nosequé mausoleo recién descubierto en el Sahara, y yo asentía a todo y jugueteaba con el “grupo OH” que colgaba de su alambre. Se llamaba Minerva. Bueno, en realidad se llamaba Ana, pero sus amigos habían decidido que el nombre de la diosa de la sabiduría era más apropiado, y ella había acabado adoptándolo como propio. Tenía 28 años, y ya había acumulado tres carreras, dos doctorados, y un número imposible de masters. El último era en egiptología, y le apasionaba tanto que la única forma de conseguir que dejara de hablar de Nefertiti fue besándola.


-Quiero saber absolutamente todo sobre el universo, y tengo un tiempo muy limitado para conseguirlo -esto me lo dijo ya cuando estábamos ya tumbados en la cama, con las sábanas manchadas con los restos de mi maquillaje de zombie, y dos condones perfectamente anudados en la papelera.

-¿Y qué haces perdiéndolo conmigo?

-Bueno, el sexo es parte del universo. Todas las relaciones humanas lo son, aunque sean producto de una mezcla de reacciones químicas y condicionamientos psicológicos. Además, -añadió saltando de nuevo hasta apoyar sus caderas contra mi cara-, estos temas son más divertidos de estudiar.

O puede que lo esté mezclando todo, y que eso viniera después. Cuando ya le había dicho que la quería, y que era más hermosa que una jodida ninfa, y todas esas tonterías que se dicen sin pensar cuando se está enamorado. No sé, la nostalgia es capaz de enredar los recuerdos en una madeja confusa. Desamor, lo llaman también, aunque no sé si es la palabra correcta. Eso implicaría que el amor desaparece, pero en realidad siempre sigue ahí, escondido entre la culpa, los reproches, los intentos de sustituir lo imposible.

-Creo que lo siguiente que quiero estudiar es la ionosfera -me dijo una de las últimas veces que nos acostamos, mientras se estiraba a través de la cama para alcanzar el lubricante que guardaba en la mesilla. Recuerdo que era invierno, aunque en su habitación jamás hacía frío, y que acababa de volver de una estancia en Ginebra. Tres meses estudiando cuadripolos para caracterizar circuitos de microondas, o algo así. La mayor parte de las palabras que utilizaba se me olvidaban a la mañana siguiente, pero ésa la recuerdo porque cada vez que decía “cuadripolo”, yo la imaginaba intentando sujetar cuatro polos de limón que se le derretían en las manos. ¿Qué le vamos a hacer? Siempre he sido un poco simple.

-¿Qué tiene de especial la ionosfera? Espero que esta vez no tengas que irte tan lejos para estudiarla.

-No sé, es una capa invisible, unos cuantos kilómetros por encima de nuestras cabezas. Gases a 1500 grados de temperatura, siguiendo en todo momento las leyes físicas que el universo creó para ellos. Y sin embargo, los humanos hemos sido capaces de convertirla en mucho más. La hemos utilizado para hacer rebotar ondas de radio, permitiendo transmitirlas mucho más lejos de lo que parecía posible. También hemos convertido a simples piedras que se queman al atravesarla en estrellas fugaces, y podemos mirar hacia el cielo y pensar que significan algo más.

-En el fondo eres una romántica.

-No especialmente, pero me fascina que la evolución haya permitido llegar a crear seres complejos, formados por millones de partículas vivas, que sean capaces de ver una piedra ardiendo y crear toda una mitología a su alrededor. Inventar el concepto de deseos, y de esperanza.

Yo la besé en el cuello, y luego me ató a la cama. Pasamos la tarde follando y viendo viejas películas de Charlot. Por entonces vivíamos juntos, aunque la monogamia no formara parte del trato. Ella seguía de un lado para otro, adquiriendo conocimientos compulsivamente. Yo mientras tanto, daba tumbos por la vida, cambiando de trabajos, acumulando proyectos a medias. Ana (por entonces ya había abandonado la tontería de Minerva) me decía que tenía un “problema de procrastinación”, y yo ponía los ojos en blanco, y luego le pedía perdón contra la pared del salón. A la mañana siguiente me decía que tenía que “actuar con más celeridad”, y yo resoplaba y volvía a mirar hacia otro lado.

Al final, la tensión se fue acumulando, junto con una cierta sensación de incompatibilidad, de estar condenados antes de tiempo. Nuestra relación se convirtió en una bomba de relojería, que acabó estallando por una simple fruta, como podría haber estallado con cualquier otra estupidez. “Pásame un durazno”, me dijo una tarde, y yo me volví loco. “¿Por qué no lo puedes llamar melocotón, como todo el mundo?”, fue mi respuesta. Lo dije sonriendo, pero ella sabía que aquella frase escondía mucho más. Antes de que pudiéramos darnos cuenta, las recriminaciones y los insultos volaban en las dos direcciones. Ella me llamó fracasado y pervertido, yo le dije que era una ególatra sin sentimientos.

-¡Estoy hasta los huevos de ti, de tu pedantería, y de tus putos estudios que nunca llevan a nada! -acabé gritando, antes de salir con un portazo. Cuando volví por la noche, su maleta ya no estaba, y el resto de sus cosas tardaron poco en desaparecer.

Han pasado ya veinte años. Tiempo suficiente para acumular otras historias, y nuevos remordimientos. Tiempo suficiente, incluso, para casarse, tener dos hijos, y luego divorciarse. Aún así, me acuerdo de Ana más que de ninguna otra. De su disfraz de aminoácido, y de su cara después del sexo. Es como si aquella historia escondiera algo más, una especie de lección trascendente sobre la vida y el universo que nunca he conseguido descifrar.

Sólo volvimos a vernos una vez, hace un par de semanas. Nos encontramos de casualidad en el metro, los dos más viejos, y más gordos. Decidimos tomar una caña, y acabamos cenando y hablando del pasado. Con el whisky ya en la mano, le pregunté si se arrepentía de algo. De estar siempre persiguiendo preguntas, de no ir a tener nunca suficientes respuestas. Yo desde luego había mucho de lo que me arrepentía, pero eso no se lo dije. Nunca se puede ser del todo sincero en estas cosas, ni siquiera estando borracho.

-No sé -me contestó ella-, me gusta lo que hago. Saber que todo tiene una causa y una consecuencia, conocer las leyes que rigen las pequeñas y las grandes cosas que pasan a mi alrededor. Creo que al principio buscaba algún tipo de revelación, algo que le diera sentido al hecho de que en algún momento moriré y todo lo que he aprendido se perderá, pero eso ya no me importa demasiado. Al final, es un pasatiempo como cualquier otro. Algo que hacer con la vida.

-Es más de lo que he hecho yo.

-Bueno, eso es relativo. Tú volviste zombie al patito de un flotador. Seguro que eso vale, por lo menos, por tres o cuatro publicaciones científicas.

Yo sonreí, la obligué a dejarme pagar la cuenta, y me despedí con un beso en la mejilla. Se la veía feliz, pero ninguno de los dos sugirió volver a encontrarse. Supongo que hay cosas que conviene no corromper con el cruel desgaste del día a día. Mientras caminaba hacia casa, sintiendo el calor del alcohol en mi pecho, me acordé de aquel discurso de Ana sobre la ionosfera. Las ondas de radio, y las estrellas fugaces. Y entonces, durante un segundo, creí entender algo. La revelación que se me había estado escapando, y que Ana decía que no existía. Lo vi todo claro, y asentí al universo, más en calma de lo que había estado en mucho tiempo. Luego, el calor y la tranquilidad se desvanecieron, y seguí caminando, de vuelta a mi vida de pequeños fracasos y viejos anhelos.


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Despedidas

Sin quitarse los auriculares, saludó a la azafata con un pequeño asentimiento de cabeza, y esperó mientras el señor de delante luchaba por encajar su maleta en un hueco demasiado pequeño. Cuando el camino quedó libre, avanzó unos metros, y se sentó con gesto cansado. 31B. El asiento del pasillo estaba vacío, el de la ventanilla estaba ocupado por la ausencia de Sofía. Suspiró. No hacía ni dos días que habían echado el polvo de despedida. Un abrazo. La melancolía controlada de lo inevitable. Una última foto de su tatuaje en forma de paloma, de su cuello perfecto y sus ojos marrones.
-Azules.
-¿Perdona?
-Azules. Mis ojos eran azules -su fantasma hablaba en voz baja, sin apartar la mirada del sudoku. Le faltaba poco para terminarlo-. La que tenía los ojos marrones era la anterior.
-Ah, sí. Es verdad -un poco avergonzado por su error, cambió el color en su recuerdo, y aprovechó para ajustar la iluminación de la habitación para que encajara mejor con la hora a la que había ocurrido-. Ya me perdonarás, sabes que se me da fatal acordarme los detalles.
-Tranquilo. Es normal.
Como siempre, ella bebía cerveza sin alcohol. Solía decir que era porque tenía menos calorías, mientras él miraba su cuerpo liso como si estuviera loca. Por lo menos no le ponía mala cara después de la segunda pinta de Guiness. En ese sentido, el año anterior había sido mucho peor. También en los otros sentidos, en realidad. Más peleas, y menos sexo. Aunque por alguna razón, le había costado más subirse al avión. 

Se incorporó un poco, y miró hacia atrás. Ahí estaba. Él mismo, mirando por la ventana con los ojos llorosos hacía exactamente 365 días. Pensó acercarse a saludarle, pero tampoco sabía muy bien qué decirle. Las azafatas empezaron la misma demostración de seguridad que había oído ya decenas de veces. Abrió la revista de motociclismo que había comprado en el aeropuerto, y empezó a pasar páginas sin prestar demasiada atención. Otro recuerdo vino a su mente, pero no consiguió ubicarlo. Una especie de revelación mientras ella le despedía en el aeropuerto. Olor a canela. Una minifalda de flores.
-Estas mezclando todo otra vez -ella había terminado el sudoku, y ahora sonreía satisfecha mientras miraba por la ventanilla-. La falda y la canela fueron la despedida de hace dos veranos. Aquella chica de la panadería, la que se reía de todos tus chistes como si tuvieran gracia. La escena en el aeropuerto no será hasta el año que viene.
-Tienes razón, por supuesto. El año que viene -de repente se sentía tremendamente triste. Cogió aire para hablar, pero lo contuvo en el último momento.
-Suéltalo. ¿Qué te pasa?
-No sé. Es difícil de explicar. He estado tantas veces en este mismo avión, pensando las mismas tonterías... Siempre creo que la próxima vez que despegue, el mundo habrá cambiado. Así que sigo adelante, creyendo que avanzo, que elijo cosas distintas. Y aún así, al año siguiente me encuentro haciendo el mismo viaje, descubriendo que los nuevos fantasmas son idénticos a los viejos. Simplemente me resulta complicado encontrarle sentido a todo el asunto.
-¿Quién ha dicho que tenga que tener sentido?
-Supongo que nadie. Pero me sigue pareciendo algo terrible que después de todos mis errores, vaya a volver a cometer el mismo el año que viene.
-Quizás no sea el mismo. Quizás sólo sea un error muy parecido -seguía sin mirarle, pero su sonrisa se había ampliado todavía más, como hacía cuando él decía tonterías estando borracho. No pudo evitar sonreír también, sintiendo un pequeño pinchazo de nostalgia.
-No sé si te lo han dicho alguna vez, pero se te da fatal consolar a la gente.
Su ausencia se encogió de hombros, y el avión empezó a desplazarse hacia la pista de despegue. Otra cosa que nunca cambiaba. La tensión al notar que aquel trozo gigante de metal se separaba del suelo. La mano apretando suavemente el reposabrazos mientras fingía normalidad. Giró la vista hacia el otro lado del pasillo para ver cómo lo llevaría el año que viene, pero su asiento había sido ocupado por una señora mayor. “Qué raro”, pensó frunciendo el entrecejo, pero no le dio demasiada importancia. El avión acababa de separarse de la pista, así que contuvo el aliento, y miró por la ventana, viendo como la ciudad empezaba a alejarse poco a poco.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Santuario

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 20 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter: Milenarismo, pene, santuario, granadina, guarida, hipoglucemia, mandingo, avellana, sombrero, cierzo, pendiente, drama, soltera, sombrilla, mosquito, cocotero, aldea y cortina.



SANTUARIO


Echo de menos la vida antes del segundo advenimiento de Cristo. Cuando el milenarismo era una palabra en boca de locos, y nadie pensaba que aquel tipo con túnica blanca pudiera reaparecer y jodernos la vida durante mil putos años, amenazando día y noche con el juicio final que vendría después. Echo de menos los días en los que existía la muerte, y el aire no estaba atestado de almas pendientes de veredicto, volando de un lado para otro sin control cada vez que se levantaba el cierzo.

Reconozco que era una mierda pasar noches en vela pensando que la vida no tenía sentido, o tener que preocuparse de cosas mundanas, como la hipoglucemia en los análisis médicos de tu madre, o el hecho de que tu compañera de piso estuviera otra vez soltera, y se tragara los capítulos de Sexo en Nueva York a la misma velocidad que las tarrinas de helado de chocolate. Supongo que la salvación y la vida eterna son un buen cambio, pero aún así no puedo evitar recordar con cariño las pequeñas victorias frente a la mortalidad. Las noches de borrachera, los cuadros sobre amantes atormentados, el sexo.  

“Un día construiré un santuario para tu pene” recuerdo que me dijo Fernando en una ocasión, después de pasar todo el día follando, escuchando música, y atacando desnudos los restos de comida china del frigorífico. “Se convertirá en la religión universal. La gente vendrá de todo el mundo para adorarlo, pero yo seré el sumo sacerdote, así que nadie excepto yo podrá tocarlo”. Solía decir cosas así, mientras yo le miraba con la sonrisa torcida, no muy seguro de si era tierno o solamente raro.

No sé por qué acabó. Quizás porque bebía vodka con granadina, y café con sabor a avellana. O porque llevaba un sombrero que podría haber pertenecido a su abuelo, y se agujereó el lóbulo derecho para ponerse un pendiente de niñato de extrarradio. A veces me avergonzaba presentárselo a mis amigos, y otras veces yo me sentía estúpido cuando los suyos hablaban de partículas subatómicas, o de una película del año 75 sobre esclavos y plantaciones que se llamaba “Mandingo”. A pesar de todo, duramos casi un año. Exactamente once meses, antes de los gritos, los cuernos, y el drama. Antes de aquella escena patética y sobreactuada, en la que rompimos el escaparate de la agencia de viajes a la vez que nuestra relación. Todavía recuerdo la mirada vacía de los maniquís, sentados en sus tumbonas entre sombrillas y cocoteros de cartón, disfrutando de la vida en alguna aldea tropical que ya nunca visitaríamos.

Al día siguiente, el maldito Salvador apareció en la televisión por primera vez, y todas las reglas cambiaron. Resulta que al parecer Dios no odia especialmente a los homosexuales, aunque sí a los gordos, los zurdos y los payasos. También a los que incumplen los pecados capitales, así que decidió ponérnoslo fácil, y nos arrancó de cuajo el deseo sexual, el hambre, y la necesidad de dormir. Ésa ha sido mi vida durante los dos últimos siglos, una sucesión de días anodinos, sumando décadas vacías, con la certeza de que al final la salvación eterna merecerá la pena.

Finalmente ayer, después de ciento cincuenta años en la lista de espera, tuve la ocasión de que Jesucristo me concediera audiencia. Tuve que viajar hasta Italia para verle. Supongo que las ruinas de templos, circos y acueductos le hacían recordar los viejos tiempos. En aquella ocasión, había llevado el voto de pobreza hasta un nuevo extremo, y se alojaba en un sótano que perfectamente podría haber sido la guarida de un ladrón o un drogadicto. Madera cubierta de moho, sillas oxidadas, una cortina echa jirones. Estaba rodeado de decenas de almas que revoloteaban intranquilas en torno a él, intentando sin éxito llamar su atención. Él, sin embargo, tenía la mirada fija en un mosquito que caminaba por la palma de su mano. Le sonreía embelesando, quizás feliz de tener otra criatura a la que perdonar sus pecados.

Después de tanto tiempo esperando aquel momento, había memorizado una lista de preguntas que hacerle, diseñadas al milímetro. Todo lo que no entendía, todo lo que creía que estaba mal. Diez minutos en los que condensar todas mis dudas, y bañarme en la luz del conocimiento divino. Sin embargo, cuando apoyó su mano en mi hombro, y me sonrió,  todo mi cuerpo recordó de repente aquella forma en la que Fernando me abrazaba por la noche. El brazo derecho apretando mi pecho como si fuera a escaparme, su piel pegada a la mía por sudor y restos de semen. Sin pensar en lo que estaba haciendo, interrumpí la pregunta que había empezado a formular, y le di un puñetazo en la cara a Jesucristo. Antes de que pudiera levantarse del suelo, ya había salido de la habitación.


Puede que los 800 años de remordimientos que me esperan sea un precio un poco excesivo por aquel momento de satisfacción, por no hablar de la condenación eterna cuando todo esto acabe. Aún así, a veces imagino a Fernando riéndose de mí, revolviéndome el pelo como a un niño travieso antes de levantarse a por otro condón, y una parte de mí, se alegra de haberle partido la cara a nuestro salvador.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Universos (in)finitos

Universos (in)finitos

Como todas las noches, el científico salió cabizbajo del centro de observación, caminó hasta el bar irlandés más cercano, y pidió una pinta de cerveza negra desde el reservado de la esquina. Ese día no esperaba a ninguno de sus colegas, ni se había llevado el periódico para intentar seguirle el ritmo a un mundo que le desconcertaba cada vez más. Ese día, después de más de veinte años, su investigación había terminado. Con las manos temblorosas, marcó el número de teléfono grabado a fuego en su memoria, y le pidió que acudiera a aquel bar. Tras unos segundos de silencio que parecieron extenderse hasta el infinito, ella aceptó.

Con tan sólo treinta años, el científico había revolucionado el mundo cuando no sólo confirmó la existencia de universos paralelos, sino que desarrolló la tecnología que permitía observarlos. Tal y como había predicho Hugh Everett, cada vez que un evento a nivel sub-atómico tenía distintos resultados posibles, se creaban varias versiones del universo, en cada una de las cuales ocurría una de esas posibilidades. Aparecían así una red infinita de universos ramificados, que abarcaban todas las realidades físicamente posibles.

Al principio, sólo observaron universos vacíos, en los que el Big Bang no se había producido, o la energía y la materia viajaban sin objetivo por el universo. La primera vez que encontraron una realidad en la que existía el planeta Tierra, el científico volvió a ser portada de la revista Time, e insistió en que ella hiciera la fotografía. A pesar del dinero, sus costumbres no cambiaron. Trabajaba hasta tarde en el centro de observación, bebía cerveza negra, evitaba las conferencias siempre que podía. Cada vez que ella inauguraba una nueva exposición, elegía su mejor traje y admiraba sus instantáneas en blanco y negro. Le preguntaba qué había sido de su vida en los últimos meses, bebía champán.

Con los años, consiguió depurar la tecnología de observación, acercarse solamente a universos similares al suyo. Contempló planetas con razas imposibles, otros en los que la humanidad se había quedado estancada en estadios primitivos, o había provocado su propia extinción acelerada. Por el contrario, observar el conocimiento que habían alcanzado en otros mundos más avanzados cambió la realidad del suyo.

Gracias a la tecnología que copió de esos otros universos, pudo restringir la búsqueda a mundos en los que él mismo existía. Como si fuera un espejo de feria distorsionado, vio todas las versiones posibles de sí mismo. Se vio convertido en un hombre de familia, viviendo en la calle, robando bancos, encerrado en psiquiátricos. En muchos casos, seguía siendo un científico, e incluso en algunos, su copia también observaba otros universos a la vez que lo hacía él. Recorrió todos y cada uno de aquellos universos, con la paciencia de un artesano. Hasta que no estuvo seguro de haber estudiado hasta la última posibilidad, no realizó aquella llamada de teléfono.

No recordaba cuánto había pasado desde la última vez que se habían visto en persona. Últimamente ella había reducido su ritmo de producción artística, y a él le costaba calcular el paso del tiempo. Le pareció que había envejecido, aunque probablemente fuera la falta de maquillaje. Como siempre, vestía de negro. La abrazó unos segundos más de lo necesario, y la invitó a sentarse frente a él. Después, cogió fuerzas y, aguantando las lágrimas, le contó lo que había descubierto después de más de veinte años de estudio:

-He observado todos los universos posibles. Millones de mundos ligeramente distintos con todas las realidades físicamente posibles. He visto todas y cada una de esas posibilidades infinitas, y en ninguna, absolutamente en ninguna de ellas, estamos juntos.

Ella se levantó despacio, con una sonrisa triste en los labios. Le miró durante unos segundos sin decir nada, y después, muy despacio, se acercó a él y le besó suavemente en la frente. Sin volver a sentarse, le habló de la inauguración de una nueva exposición en Londres al mes siguiente, y se despidió apoyando la mano durante un instante en su brazo izquierdo. Cuando cerró la puerta del bar tras de sí, el mundo volvió a tomar forma, construyendo la misma realidad en la que había vivido todos los días antes de aquel encuentro.

El científico suspiró y dio otro sorbo a la cerveza ya caliente, preguntándose si en algún otro universo, el beso habría sido distinto.


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Foto y texto por Aitor Villafranca
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Cartas (II)

Cartas (II)

[Primera parte aquí]

Con el tiempo, al igual que el sexo había ido entrando en la vida de Alicia, lo había hecho también en la de Elizabeth. Un juego dentro del juego. Nada de lo que preocuparse. “Cada vez que cierro los ojos sueño con aquella tarde en el granero, cuando tu carne penetró en la mía, y el mundo desapareció en aquel calor blanco y puro que nos envolvió”.

¿Cómo iban a competir con aquello los pobres chicos anodinos que se iban cruzando con en el camino de su alter-ego a lo largo de los años? Ellos tenían dudas, y rompían la magia preguntándole si podían tocarle el las tetas, o avisándole de que estaban a punto de correrse. James no tenía que preocuparse de ningún fluido corporal, ni de camas demasiado estrechas o condones que se negaban a colaborar.

Para eso casi era mejor rodearse de las cartas de James, masturbarse imaginando que eran los dedos de James los que recorrían su piel. Puede que al abrir los ojos y salir de la habitación sólo hubiera un pasillo lleno de pelusas y ruido de niños corriendo en el piso de arriba, pero al fin y al cabo, sólo tenía que esperar una semana para la siguiente carta.

“He conocido a alguien”, había leído Elizabeth sin dar crédito a lo que veían sus ojos. “No sé cómo ha pasado. Es una chica humilde que conocí en el puerto, y supongo que en cierto modo me recuerda a ti. Es la única explicación. Mi corazón está dividido, y todo mi cuerpo parece dispuesto a romperse en pedazos. Te quiero. Y te odio por ello. Y me odio a mí mismo por odiarte. Estoy roto. Vacío. James”.

Y por un momento volvió a ser Alicia, y se imaginó a Paula tan confusa como ella, y se preguntó si no habría estado perdiendo el tiempo buscando en los sitios equivocados. Y como si estuviera poseída por una gran revelación empezó a frecuentar bares de lesbianas. Pero tampoco ellas volvían de la guerra. Y también ellas podían lubricar demasiado. Y Alicia volvió al punto de partida, y volvió a ser Elizabeth.

“Te perdono todos los pecados, amado mío, si tu puedes perdonar los míos. Te he buscado en otros cuerpos, aterrada por que mi vida sea sólo una promesa que no llegue nunca a cumplirse. Pero ya estoy cansada. Cansada de esperar, cansada de no encontrarte a ti, ni a quien te haga desaparecer. Voy en tu busca. No me importa la guerra. Prefiero las balas y el barro a esta espera insufrible. Te amo.”

Y Alicia se montó en un avión con destino a Buenos Aires, y Elizabeth aterrizó en una playa llena de heridos y de hierros retorcidos por las bombas. Y recorrió campos desfigurados por trincheras, y escapó de mercenarios con dientes podridos y cuchillos manchados de sangre, y acabó encontrando a James, con la barba descuidada y una cicatriz junto a su ojo derecho, pero con la misma mirada que tenía aquel día en el granero. Y James confesó que la chica del puerto era una mentira para permitir que Elizabeth siguiera con su vida, y ella le silenció los labios con un beso. Y ya no hubo detalles irrelevantes de los que preocuparse durante el sexo. Ni más bares llenos de humo. Ni más despertadores.

Ni más cartas.

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Lazos de sangre (II)

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Para la primera parte, pincha aquí

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Por supuesto, la primera vez que oí de labios de mi abuela cómo había degollado a aquel hombre, no creí que pudiera ser cierto. Era imposible que aquella mujer que había llenado mi estómago de dulces caseros y mis pantalones de remiendos hubiera asesinado a alguien a sangre fría, regodeándose en cada instante de su crimen, igualando la vida de un hombre a la de cualquier bestia. Sin embargo, aquella historia parecía lo único estable en el caos senil en el que se había convertido su cerebro, y cada detalle parecía encajar con el siguiente, hasta formar un entramado que acabó por obsesionarme.

“Guardaba la hoz detrás de un armario del dormitorio, con sangre y todo. Cuando no había nadie, la miraba y me acordaba de cómo se la había clavado en el pescuezo. Primero blandito, como cuando cortas un lomo de cerdo, y luego más duro, cuando ya le di al hueso. La veía y ya no necesitaba nada más. Ya ni me importó cuando pasó el tiempo y llegó la carnicería, y las gallinas y los corderos no me dejaban matarlos a mí.”

Aquella parte de la historia surgió un día de repente, después de una serie de comentarios apenas coherentes sobre las natillas de la residencia de ancianos. De golpe, se abrió ante mí la posibilidad de encontrar una prueba física, real, que me permitiera comprobar toda la historia. Sin poder esperar ni un solo día, conduje hasta el pueblo de mi abuela, en un estado de ansiedad que bien podía haber hecho que mi historia terminara en alguna cuneta. Cuando finalmente llegué, ignoré la decadencia generalizada del pueblo, los aperos oxidados junto a los portales, y los movimiento de cortinas en las casas vecinas. En mi mente sólo había sitio para el viejo caserón de mis abuelos y los secretos que había escondido durante toda una vida. Con la excitación de un iluminado, empecé a rebuscar en aquel dormitorio lleno ahora de polvo y telarañas. El contenido de armarios y cajones se encontraba ya tirado a mis pies cuando oí aquel ruido metálico, y tuve la certeza de que todo era cierto.

Los días que siguieron fueron la crónica de una caída al abismo. Poco a poco fui perdiendo interés en nada que no fuera la hoz que había encontrado, sus manchas de sangre, y la historia que contaban. Al fin y al cabo, tampoco tenía mucho más en lo que concentrarme. Términos de divorcio, un apartamento vacío, llamadas de Mónica (mi amante, o ex-amante, o lo que fuera aquella mujer en aquel momento). Incluso el trabajo dejó de parecer motivo suficiente para salir de casa.

En contraste con mi vida llena de fracasos y mediocridad, aquel arma contenía la clave de un recuerdo tan intenso como para permitirle a mi abuela aferrarse a él durante más de medio siglo, haciendo soportable incluso la decadencia y la soledad de una residencia de ancianos. Empecé a imaginar cómo sería disponer de un recuerdo así, y como si se tratara de una consecuencia lógica, empecé a imaginar cómo sería asesinar a alguien. La sangre, los temblores. Todo lo que mi abuela había descrito. Poco a poco, las fantasías se convirtieron en planes, llenándome de una excitación que nunca antes había sentido. No podía dormir, apenas comía. Sentía como si estuviera a las puertas de algo más grande de lo que había vivido jamás, y cada una de las células de mi cuerpo vibraba con la anticipación.

En un principio pensé en asesinar a un vagabundo, alguien en cuya muerte nadie se molestaría demasiado en escarbar. Incluso decidí contárselo a mi abuela, con la esperanza de que de alguna forma, mis palabras llegaran hasta su consciencia y pudiera sentirse orgullosa de mí. Sin embargo, en cuanto volví a verla, tan desvalida y cercana a la muerte, sin reconocerme siquiera, supe que lo que realmente debía hacer era concederle un útlimo regalo de despedida.

Convencer a las enfermeras de que me dejaran llevarla de excursión a ver por última vez la tumba de su marido fue fácil. Incluso me prestaron una silla de ruedas, y me ayudaron a vestirla con su mejor vestido (de lunares, como siempre la recordaba, aunque a esas alturas su cuerpo parecía haber empequeñecido y casi parecía una niña jugando con la ropa de su madre). Poco después, mi abuela estaba sentada en el salón de mi apartamento, murmurando sobre el tacto de la sangre, sin ser demasiado consciente de dónde se encontraba.

Elegir víctima tampoco fue difícil. Durante los últimos días, la indiferencia hacia Mónica se había convertido en un odio feroz, cuyo origen no podía ser sino sus constantes interrupciones en aquellos momentos de trascendencia, y además, existía un cierto paralelismo con la víctima de mi abuela que no podía ser sino una señal.

Mónica llegó unas horas después, feliz de que hubiera accedido por fin a encontrarme con ella. Cuando la vi cruzar la puerta, con sus andares torpes y su sonrisa de perro abandonado, tuve que reprimir los impulsos de acabar con su vida en la misma puerta. Las manos me temblaban, pero su diminuto cerebro no pareció darse cuenta, y me abrazó, y me besó en el cuello, y en los labios, sin ninguna idea de lo que le esperaba. Un escalofrío de placer me recorrió al pensar que el mío iba a ser el último cuerpo que tocaría.

Cuando se separó de mí, la acompañé al salón, dónde se quedó mirando a mi abuela con la misma mirada de incomprensión que la anciana le devolvía. Ignorando sus preguntas, cogí con fuerza la hoz que había dejado preparada en el salón, preguntándome por un segundo si con el paso del tiempo, la sangre de Mónica se distinguiría de aquella otra que marcaba la herramienta desde hacía cincuenta años.

Después, la adrenalina nubló todo. El golpe que debería haber segado su cuello se topó con sus manos. Sangre y gritos de dolor. Volví a intentarlo, pero esta vez sólo conseguí alcanzar su brazo. Más gritos, y la indignación de que aquella mujer tuviera la vergüenza de seguir viva. Luego vino el forcejeo, los nervios, y mis pies tropezando contra la mesa. Mi espalda golpeó el suelo con fuerza, y sentí una sensación extraña, un calor acogedor concentrado en mi cuello.

En cuanto intenté tocar con mis manos el orígen de ese calor, la sangre cubrió mis dedos. Oscura. Densa. Mónica estaba saliendo del piso tambaleando y gritando alguna última maldición, pero mis pulmones se estaban llenando de sangre y ya nada tenía importancia. Respirar se había vuelto imposible, y podía notar como la sangre salía también por mi boca, formando burbujas al mezclarse con los últimos soplos de aire.

Lo último que vi fue a mi abuela, riendo. Puede que no entendiera quién era yo, ni qué estaba pasando, pero la muerte seguía haciéndola feliz. De alguna forma, había sacado fuerzas para arrastrarse hasta el charco de sangre que se había formado a mi alrededor, y ahora aplaudía como una niña, con mi sangre salpicando sus manos, su cara hundida, y su viejo vestido de lunares.

Le sonreí una última vez, y después, cerré los ojos.


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