Minerva

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 20 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter:
ionosfera, mausoleo, durazno, egiptología, ninfa, lubricante, celeridad, huevos, fenilalanina, zombi, madeja, cuadripolo o anacoluto, paradoja, estafa, nostalgia, chancleta, sutil, frio, desamor, y procrastinación.



MINERVA


Mi amiga la pedante, la llamó Sofía justo antes de presentármela en aquella fiesta de disfraces, hace una eternidad. Cuando vivir todavía no parecía una sucesión de pequeñas estafas, y las paradojas eran sutiles, en lugar de puñetazos lanzados contra el estómago. Mi amiga la pedante, dijo, y luego me presentó a aquella chica bajita con gafas de pasta y coleta castaña. Llevaba un mono negro, con una especie de hexágono pintado en el pecho, y un alambre del que colgaban letras sin ningún sentido para mí.

-¿De qué vas disfrazada? -le pregunté, enarcando una ceja. Yo iba vestido de veraneante zombie, con bañador y chancletas, y un flotador con una cabeza de pato al que le había pintado colmillos y le había colgado una cabeza de muñeco ensangrentada. Había demasiada gente en el piso, y el sudor estaba empezando a deshacer mi maquillaje de muerto viviente.

-¿No lo ves? -contestó ella-. Voy disfrazada de fenilalanina.

-¿Feni-qué? -Llevaba un par de copas encima, y ya me parecía mona, aunque no supiera de qué me hablaba.

-Fenilalanina -dijo haciendo claros esfuerzos por aguantar la risa-. Es mi aminoácido favorito.

La siguiente copa nos la tomamos juntos en la terraza, mientras ella me hablaba de nosequé mausoleo recién descubierto en el Sahara, y yo asentía a todo y jugueteaba con el “grupo OH” que colgaba de su alambre. Se llamaba Minerva. Bueno, en realidad se llamaba Ana, pero sus amigos habían decidido que el nombre de la diosa de la sabiduría era más apropiado, y ella había acabado adoptándolo como propio. Tenía 28 años, y ya había acumulado tres carreras, dos doctorados, y un número imposible de masters. El último era en egiptología, y le apasionaba tanto que la única forma de conseguir que dejara de hablar de Nefertiti fue besándola.


-Quiero saber absolutamente todo sobre el universo, y tengo un tiempo muy limitado para conseguirlo -esto me lo dijo ya cuando estábamos ya tumbados en la cama, con las sábanas manchadas con los restos de mi maquillaje de zombie, y dos condones perfectamente anudados en la papelera.

-¿Y qué haces perdiéndolo conmigo?

-Bueno, el sexo es parte del universo. Todas las relaciones humanas lo son, aunque sean producto de una mezcla de reacciones químicas y condicionamientos psicológicos. Además, -añadió saltando de nuevo hasta apoyar sus caderas contra mi cara-, estos temas son más divertidos de estudiar.

O puede que lo esté mezclando todo, y que eso viniera después. Cuando ya le había dicho que la quería, y que era más hermosa que una jodida ninfa, y todas esas tonterías que se dicen sin pensar cuando se está enamorado. No sé, la nostalgia es capaz de enredar los recuerdos en una madeja confusa. Desamor, lo llaman también, aunque no sé si es la palabra correcta. Eso implicaría que el amor desaparece, pero en realidad siempre sigue ahí, escondido entre la culpa, los reproches, los intentos de sustituir lo imposible.

-Creo que lo siguiente que quiero estudiar es la ionosfera -me dijo una de las últimas veces que nos acostamos, mientras se estiraba a través de la cama para alcanzar el lubricante que guardaba en la mesilla. Recuerdo que era invierno, aunque en su habitación jamás hacía frío, y que acababa de volver de una estancia en Ginebra. Tres meses estudiando cuadripolos para caracterizar circuitos de microondas, o algo así. La mayor parte de las palabras que utilizaba se me olvidaban a la mañana siguiente, pero ésa la recuerdo porque cada vez que decía “cuadripolo”, yo la imaginaba intentando sujetar cuatro polos de limón que se le derretían en las manos. ¿Qué le vamos a hacer? Siempre he sido un poco simple.

-¿Qué tiene de especial la ionosfera? Espero que esta vez no tengas que irte tan lejos para estudiarla.

-No sé, es una capa invisible, unos cuantos kilómetros por encima de nuestras cabezas. Gases a 1500 grados de temperatura, siguiendo en todo momento las leyes físicas que el universo creó para ellos. Y sin embargo, los humanos hemos sido capaces de convertirla en mucho más. La hemos utilizado para hacer rebotar ondas de radio, permitiendo transmitirlas mucho más lejos de lo que parecía posible. También hemos convertido a simples piedras que se queman al atravesarla en estrellas fugaces, y podemos mirar hacia el cielo y pensar que significan algo más.

-En el fondo eres una romántica.

-No especialmente, pero me fascina que la evolución haya permitido llegar a crear seres complejos, formados por millones de partículas vivas, que sean capaces de ver una piedra ardiendo y crear toda una mitología a su alrededor. Inventar el concepto de deseos, y de esperanza.

Yo la besé en el cuello, y luego me ató a la cama. Pasamos la tarde follando y viendo viejas películas de Charlot. Por entonces vivíamos juntos, aunque la monogamia no formara parte del trato. Ella seguía de un lado para otro, adquiriendo conocimientos compulsivamente. Yo mientras tanto, daba tumbos por la vida, cambiando de trabajos, acumulando proyectos a medias. Ana (por entonces ya había abandonado la tontería de Minerva) me decía que tenía un “problema de procrastinación”, y yo ponía los ojos en blanco, y luego le pedía perdón contra la pared del salón. A la mañana siguiente me decía que tenía que “actuar con más celeridad”, y yo resoplaba y volvía a mirar hacia otro lado.

Al final, la tensión se fue acumulando, junto con una cierta sensación de incompatibilidad, de estar condenados antes de tiempo. Nuestra relación se convirtió en una bomba de relojería, que acabó estallando por una simple fruta, como podría haber estallado con cualquier otra estupidez. “Pásame un durazno”, me dijo una tarde, y yo me volví loco. “¿Por qué no lo puedes llamar melocotón, como todo el mundo?”, fue mi respuesta. Lo dije sonriendo, pero ella sabía que aquella frase escondía mucho más. Antes de que pudiéramos darnos cuenta, las recriminaciones y los insultos volaban en las dos direcciones. Ella me llamó fracasado y pervertido, yo le dije que era una ególatra sin sentimientos.

-¡Estoy hasta los huevos de ti, de tu pedantería, y de tus putos estudios que nunca llevan a nada! -acabé gritando, antes de salir con un portazo. Cuando volví por la noche, su maleta ya no estaba, y el resto de sus cosas tardaron poco en desaparecer.

Han pasado ya veinte años. Tiempo suficiente para acumular otras historias, y nuevos remordimientos. Tiempo suficiente, incluso, para casarse, tener dos hijos, y luego divorciarse. Aún así, me acuerdo de Ana más que de ninguna otra. De su disfraz de aminoácido, y de su cara después del sexo. Es como si aquella historia escondiera algo más, una especie de lección trascendente sobre la vida y el universo que nunca he conseguido descifrar.

Sólo volvimos a vernos una vez, hace un par de semanas. Nos encontramos de casualidad en el metro, los dos más viejos, y más gordos. Decidimos tomar una caña, y acabamos cenando y hablando del pasado. Con el whisky ya en la mano, le pregunté si se arrepentía de algo. De estar siempre persiguiendo preguntas, de no ir a tener nunca suficientes respuestas. Yo desde luego había mucho de lo que me arrepentía, pero eso no se lo dije. Nunca se puede ser del todo sincero en estas cosas, ni siquiera estando borracho.

-No sé -me contestó ella-, me gusta lo que hago. Saber que todo tiene una causa y una consecuencia, conocer las leyes que rigen las pequeñas y las grandes cosas que pasan a mi alrededor. Creo que al principio buscaba algún tipo de revelación, algo que le diera sentido al hecho de que en algún momento moriré y todo lo que he aprendido se perderá, pero eso ya no me importa demasiado. Al final, es un pasatiempo como cualquier otro. Algo que hacer con la vida.

-Es más de lo que he hecho yo.

-Bueno, eso es relativo. Tú volviste zombie al patito de un flotador. Seguro que eso vale, por lo menos, por tres o cuatro publicaciones científicas.

Yo sonreí, la obligué a dejarme pagar la cuenta, y me despedí con un beso en la mejilla. Se la veía feliz, pero ninguno de los dos sugirió volver a encontrarse. Supongo que hay cosas que conviene no corromper con el cruel desgaste del día a día. Mientras caminaba hacia casa, sintiendo el calor del alcohol en mi pecho, me acordé de aquel discurso de Ana sobre la ionosfera. Las ondas de radio, y las estrellas fugaces. Y entonces, durante un segundo, creí entender algo. La revelación que se me había estado escapando, y que Ana decía que no existía. Lo vi todo claro, y asentí al universo, más en calma de lo que había estado en mucho tiempo. Luego, el calor y la tranquilidad se desvanecieron, y seguí caminando, de vuelta a mi vida de pequeños fracasos y viejos anhelos.


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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Despedidas

Sin quitarse los auriculares, saludó a la azafata con un pequeño asentimiento de cabeza, y esperó mientras el señor de delante luchaba por encajar su maleta en un hueco demasiado pequeño. Cuando el camino quedó libre, avanzó unos metros, y se sentó con gesto cansado. 31B. El asiento del pasillo estaba vacío, el de la ventanilla estaba ocupado por la ausencia de Sofía. Suspiró. No hacía ni dos días que habían echado el polvo de despedida. Un abrazo. La melancolía controlada de lo inevitable. Una última foto de su tatuaje en forma de paloma, de su cuello perfecto y sus ojos marrones.
-Azules.
-¿Perdona?
-Azules. Mis ojos eran azules -su fantasma hablaba en voz baja, sin apartar la mirada del sudoku. Le faltaba poco para terminarlo-. La que tenía los ojos marrones era la anterior.
-Ah, sí. Es verdad -un poco avergonzado por su error, cambió el color en su recuerdo, y aprovechó para ajustar la iluminación de la habitación para que encajara mejor con la hora a la que había ocurrido-. Ya me perdonarás, sabes que se me da fatal acordarme los detalles.
-Tranquilo. Es normal.
Como siempre, ella bebía cerveza sin alcohol. Solía decir que era porque tenía menos calorías, mientras él miraba su cuerpo liso como si estuviera loca. Por lo menos no le ponía mala cara después de la segunda pinta de Guiness. En ese sentido, el año anterior había sido mucho peor. También en los otros sentidos, en realidad. Más peleas, y menos sexo. Aunque por alguna razón, le había costado más subirse al avión. 

Se incorporó un poco, y miró hacia atrás. Ahí estaba. Él mismo, mirando por la ventana con los ojos llorosos hacía exactamente 365 días. Pensó acercarse a saludarle, pero tampoco sabía muy bien qué decirle. Las azafatas empezaron la misma demostración de seguridad que había oído ya decenas de veces. Abrió la revista de motociclismo que había comprado en el aeropuerto, y empezó a pasar páginas sin prestar demasiada atención. Otro recuerdo vino a su mente, pero no consiguió ubicarlo. Una especie de revelación mientras ella le despedía en el aeropuerto. Olor a canela. Una minifalda de flores.
-Estas mezclando todo otra vez -ella había terminado el sudoku, y ahora sonreía satisfecha mientras miraba por la ventanilla-. La falda y la canela fueron la despedida de hace dos veranos. Aquella chica de la panadería, la que se reía de todos tus chistes como si tuvieran gracia. La escena en el aeropuerto no será hasta el año que viene.
-Tienes razón, por supuesto. El año que viene -de repente se sentía tremendamente triste. Cogió aire para hablar, pero lo contuvo en el último momento.
-Suéltalo. ¿Qué te pasa?
-No sé. Es difícil de explicar. He estado tantas veces en este mismo avión, pensando las mismas tonterías... Siempre creo que la próxima vez que despegue, el mundo habrá cambiado. Así que sigo adelante, creyendo que avanzo, que elijo cosas distintas. Y aún así, al año siguiente me encuentro haciendo el mismo viaje, descubriendo que los nuevos fantasmas son idénticos a los viejos. Simplemente me resulta complicado encontrarle sentido a todo el asunto.
-¿Quién ha dicho que tenga que tener sentido?
-Supongo que nadie. Pero me sigue pareciendo algo terrible que después de todos mis errores, vaya a volver a cometer el mismo el año que viene.
-Quizás no sea el mismo. Quizás sólo sea un error muy parecido -seguía sin mirarle, pero su sonrisa se había ampliado todavía más, como hacía cuando él decía tonterías estando borracho. No pudo evitar sonreír también, sintiendo un pequeño pinchazo de nostalgia.
-No sé si te lo han dicho alguna vez, pero se te da fatal consolar a la gente.
Su ausencia se encogió de hombros, y el avión empezó a desplazarse hacia la pista de despegue. Otra cosa que nunca cambiaba. La tensión al notar que aquel trozo gigante de metal se separaba del suelo. La mano apretando suavemente el reposabrazos mientras fingía normalidad. Giró la vista hacia el otro lado del pasillo para ver cómo lo llevaría el año que viene, pero su asiento había sido ocupado por una señora mayor. “Qué raro”, pensó frunciendo el entrecejo, pero no le dio demasiada importancia. El avión acababa de separarse de la pista, así que contuvo el aliento, y miró por la ventana, viendo como la ciudad empezaba a alejarse poco a poco.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Zodiaco


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ZODIACO - Aitor Villafranca
Premio de novela de Narrativas Oblicuas

Leo, un joven que todavía no ha llegado a la treintena, vive solo en su apartamento, donde también trabaja traduciendo anodinos prospectos farmacéuticos. Desde que su novia Virginia lo abandonara, vive ahí encerrado sin prácticamente salir a la puerta de la calle, ensimismado en su propia desesperación. Para colmo, desde el apartamento de al lado, no para de escuchar gemidos de gente follando recordándole sus propias carencias. Cuando cree identificar las voces de las chicas que visitan el piso contiguo, su vida comienza a adquirir un tinte difícil de explicar.

“Aitor Villafranca consigue construir en esta novela breve una hipnótica narración sobre el deseo, la melancolía y el desaliento con una arrebatadora cadencia en las que el misterio y el relato psicológico conviven a la perfección.”

Ya a la venta en librerías, amazon, y en formato electrónico. También se envía fuera de España.
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Santuario

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 20 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter: Milenarismo, pene, santuario, granadina, guarida, hipoglucemia, mandingo, avellana, sombrero, cierzo, pendiente, drama, soltera, sombrilla, mosquito, cocotero, aldea y cortina.



SANTUARIO


Echo de menos la vida antes del segundo advenimiento de Cristo. Cuando el milenarismo era una palabra en boca de locos, y nadie pensaba que aquel tipo con túnica blanca pudiera reaparecer y jodernos la vida durante mil putos años, amenazando día y noche con el juicio final que vendría después. Echo de menos los días en los que existía la muerte, y el aire no estaba atestado de almas pendientes de veredicto, volando de un lado para otro sin control cada vez que se levantaba el cierzo.

Reconozco que era una mierda pasar noches en vela pensando que la vida no tenía sentido, o tener que preocuparse de cosas mundanas, como la hipoglucemia en los análisis médicos de tu madre, o el hecho de que tu compañera de piso estuviera otra vez soltera, y se tragara los capítulos de Sexo en Nueva York a la misma velocidad que las tarrinas de helado de chocolate. Supongo que la salvación y la vida eterna son un buen cambio, pero aún así no puedo evitar recordar con cariño las pequeñas victorias frente a la mortalidad. Las noches de borrachera, los cuadros sobre amantes atormentados, el sexo.  

“Un día construiré un santuario para tu pene” recuerdo que me dijo Fernando en una ocasión, después de pasar todo el día follando, escuchando música, y atacando desnudos los restos de comida china del frigorífico. “Se convertirá en la religión universal. La gente vendrá de todo el mundo para adorarlo, pero yo seré el sumo sacerdote, así que nadie excepto yo podrá tocarlo”. Solía decir cosas así, mientras yo le miraba con la sonrisa torcida, no muy seguro de si era tierno o solamente raro.

No sé por qué acabó. Quizás porque bebía vodka con granadina, y café con sabor a avellana. O porque llevaba un sombrero que podría haber pertenecido a su abuelo, y se agujereó el lóbulo derecho para ponerse un pendiente de niñato de extrarradio. A veces me avergonzaba presentárselo a mis amigos, y otras veces yo me sentía estúpido cuando los suyos hablaban de partículas subatómicas, o de una película del año 75 sobre esclavos y plantaciones que se llamaba “Mandingo”. A pesar de todo, duramos casi un año. Exactamente once meses, antes de los gritos, los cuernos, y el drama. Antes de aquella escena patética y sobreactuada, en la que rompimos el escaparate de la agencia de viajes a la vez que nuestra relación. Todavía recuerdo la mirada vacía de los maniquís, sentados en sus tumbonas entre sombrillas y cocoteros de cartón, disfrutando de la vida en alguna aldea tropical que ya nunca visitaríamos.

Al día siguiente, el maldito Salvador apareció en la televisión por primera vez, y todas las reglas cambiaron. Resulta que al parecer Dios no odia especialmente a los homosexuales, aunque sí a los gordos, los zurdos y los payasos. También a los que incumplen los pecados capitales, así que decidió ponérnoslo fácil, y nos arrancó de cuajo el deseo sexual, el hambre, y la necesidad de dormir. Ésa ha sido mi vida durante los dos últimos siglos, una sucesión de días anodinos, sumando décadas vacías, con la certeza de que al final la salvación eterna merecerá la pena.

Finalmente ayer, después de ciento cincuenta años en la lista de espera, tuve la ocasión de que Jesucristo me concediera audiencia. Tuve que viajar hasta Italia para verle. Supongo que las ruinas de templos, circos y acueductos le hacían recordar los viejos tiempos. En aquella ocasión, había llevado el voto de pobreza hasta un nuevo extremo, y se alojaba en un sótano que perfectamente podría haber sido la guarida de un ladrón o un drogadicto. Madera cubierta de moho, sillas oxidadas, una cortina echa jirones. Estaba rodeado de decenas de almas que revoloteaban intranquilas en torno a él, intentando sin éxito llamar su atención. Él, sin embargo, tenía la mirada fija en un mosquito que caminaba por la palma de su mano. Le sonreía embelesando, quizás feliz de tener otra criatura a la que perdonar sus pecados.

Después de tanto tiempo esperando aquel momento, había memorizado una lista de preguntas que hacerle, diseñadas al milímetro. Todo lo que no entendía, todo lo que creía que estaba mal. Diez minutos en los que condensar todas mis dudas, y bañarme en la luz del conocimiento divino. Sin embargo, cuando apoyó su mano en mi hombro, y me sonrió,  todo mi cuerpo recordó de repente aquella forma en la que Fernando me abrazaba por la noche. El brazo derecho apretando mi pecho como si fuera a escaparme, su piel pegada a la mía por sudor y restos de semen. Sin pensar en lo que estaba haciendo, interrumpí la pregunta que había empezado a formular, y le di un puñetazo en la cara a Jesucristo. Antes de que pudiera levantarse del suelo, ya había salido de la habitación.


Puede que los 800 años de remordimientos que me esperan sea un precio un poco excesivo por aquel momento de satisfacción, por no hablar de la condenación eterna cuando todo esto acabe. Aún así, a veces imagino a Fernando riéndose de mí, revolviéndome el pelo como a un niño travieso antes de levantarse a por otro condón, y una parte de mí, se alegra de haberle partido la cara a nuestro salvador.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Universos (in)finitos

Universos (in)finitos

Como todas las noches, el científico salió cabizbajo del centro de observación, caminó hasta el bar irlandés más cercano, y pidió una pinta de cerveza negra desde el reservado de la esquina. Ese día no esperaba a ninguno de sus colegas, ni se había llevado el periódico para intentar seguirle el ritmo a un mundo que le desconcertaba cada vez más. Ese día, después de más de veinte años, su investigación había terminado. Con las manos temblorosas, marcó el número de teléfono grabado a fuego en su memoria, y le pidió que acudiera a aquel bar. Tras unos segundos de silencio que parecieron extenderse hasta el infinito, ella aceptó.

Con tan sólo treinta años, el científico había revolucionado el mundo cuando no sólo confirmó la existencia de universos paralelos, sino que desarrolló la tecnología que permitía observarlos. Tal y como había predicho Hugh Everett, cada vez que un evento a nivel sub-atómico tenía distintos resultados posibles, se creaban varias versiones del universo, en cada una de las cuales ocurría una de esas posibilidades. Aparecían así una red infinita de universos ramificados, que abarcaban todas las realidades físicamente posibles.

Al principio, sólo observaron universos vacíos, en los que el Big Bang no se había producido, o la energía y la materia viajaban sin objetivo por el universo. La primera vez que encontraron una realidad en la que existía el planeta Tierra, el científico volvió a ser portada de la revista Time, e insistió en que ella hiciera la fotografía. A pesar del dinero, sus costumbres no cambiaron. Trabajaba hasta tarde en el centro de observación, bebía cerveza negra, evitaba las conferencias siempre que podía. Cada vez que ella inauguraba una nueva exposición, elegía su mejor traje y admiraba sus instantáneas en blanco y negro. Le preguntaba qué había sido de su vida en los últimos meses, bebía champán.

Con los años, consiguió depurar la tecnología de observación, acercarse solamente a universos similares al suyo. Contempló planetas con razas imposibles, otros en los que la humanidad se había quedado estancada en estadios primitivos, o había provocado su propia extinción acelerada. Por el contrario, observar el conocimiento que habían alcanzado en otros mundos más avanzados cambió la realidad del suyo.

Gracias a la tecnología que copió de esos otros universos, pudo restringir la búsqueda a mundos en los que él mismo existía. Como si fuera un espejo de feria distorsionado, vio todas las versiones posibles de sí mismo. Se vio convertido en un hombre de familia, viviendo en la calle, robando bancos, encerrado en psiquiátricos. En muchos casos, seguía siendo un científico, e incluso en algunos, su copia también observaba otros universos a la vez que lo hacía él. Recorrió todos y cada uno de aquellos universos, con la paciencia de un artesano. Hasta que no estuvo seguro de haber estudiado hasta la última posibilidad, no realizó aquella llamada de teléfono.

No recordaba cuánto había pasado desde la última vez que se habían visto en persona. Últimamente ella había reducido su ritmo de producción artística, y a él le costaba calcular el paso del tiempo. Le pareció que había envejecido, aunque probablemente fuera la falta de maquillaje. Como siempre, vestía de negro. La abrazó unos segundos más de lo necesario, y la invitó a sentarse frente a él. Después, cogió fuerzas y, aguantando las lágrimas, le contó lo que había descubierto después de más de veinte años de estudio:

-He observado todos los universos posibles. Millones de mundos ligeramente distintos con todas las realidades físicamente posibles. He visto todas y cada una de esas posibilidades infinitas, y en ninguna, absolutamente en ninguna de ellas, estamos juntos.

Ella se levantó despacio, con una sonrisa triste en los labios. Le miró durante unos segundos sin decir nada, y después, muy despacio, se acercó a él y le besó suavemente en la frente. Sin volver a sentarse, le habló de la inauguración de una nueva exposición en Londres al mes siguiente, y se despidió apoyando la mano durante un instante en su brazo izquierdo. Cuando cerró la puerta del bar tras de sí, el mundo volvió a tomar forma, construyendo la misma realidad en la que había vivido todos los días antes de aquel encuentro.

El científico suspiró y dio otro sorbo a la cerveza ya caliente, preguntándose si en algún otro universo, el beso habría sido distinto.


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Foto y texto por Aitor Villafranca
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Un zombie triste


“Por favor, acuérdate de mí”, decía la canción que sonaba en la minicadena, “en aquel coche detrás del carnaval”. La había oídos cientos de veces, pero el tejido de su cerebro se había convertido en amasijo negro, apenas activo, y seguía olvidando la melodía una y otra vez. Definitivamente, su mente ya no era la de hacía unos meses. Nada en él lo era.

Le habían infectado en una incursión en busca de provisiones, apenas a una decena de metros en la puerta del apartamento. Había vuelto con el brazo ensangrentado, la mochila vacía, y una mirada en la que se mezclaban el pánico, la vergüenza, y la culpa.

“Tengo miedo”, le había dicho mientras notaba como su torrente sanguíneo se volvía negro y denso. Ella le había abrazado.

"¿Quieres que todo acabe? Quedan balas, pero no sé si puedo hacerlo.”

“No quiero morir”, había susurrado asustado. “No quiero olvidarte. No quiero que el recuerdo de lo que hemos sido deje de existir”.

Ella le besó suavemente en los labios, notando un sabor amargo que nunca antes había estado allí. Luego se había incorporado, había puesto el disco que solían escuchar desnudos en las mañanas de domingo, y había salido de la habitación con lágrimas en los ojos.

De eso hacía ya diez semanas, aunque ya había olvidado cómo contarlas. Setenta días desplazándose a cámara lenta entre aquellas cuatro paredes. Rozando con sus miembros atrofiados las fotos que ella había clavado en la pared antes de abandonar el piso. Viendo como su carne podrida se caía a trozos sobre las sábanas en las que habían follado con la avidez y la melancolía de quien sabe que cada vez puede ser la última.

Ahora ya no sentía nada, sólo hambre. Sin embargo, por mucho que su cuerpo de huesos débiles y carne muerta reclamase alimento, se resistía a abandonar aquel mausoleo erigido en honor a sus recuerdos. “Me he convertido en una persona más triste por haberte conocido”, le había dicho ella una vez mientras calentaban una lata de conservas. Luego se había echado a llorar mientras se quitaba la ropa, olvidando la carne humeante. Se había montado a horcajadas encima de él sin molestarse en desnudarle. Sus gritos se habían mezclado con los de los zombies errantes al otro lado de la puerta. Sus puñetazos en el pecho le habían dejado moratones durante varios días.

“Un trapecista asustado, llegando más alto que ningún mesías” continuaba la canción, antes de pasar a un solo desalentado de guitarra.

Su cerebro ya no tenía suficiente actividad eléctrica como para recordar aquellas escenas, ni para entender el significado de los objetos que le rodeaban, pero aún así era capaz de sentir una fuerza que le ataba a aquella habitación. Más fuerte incluso, que el hambre ancestral que le hacía delirar con imágenes de vísceras y miembros cercenados.

Sin embargo, aquel día, sin ningún motivo especial, algo cambió mientras miraba entre gruñidos las fotos de lo que un día había sido su vida. No supo expresarlo con palabras, pero su cuerpo comprendió que había llegado el momento de marcharse de allí. Quizás su hambre simplemente había superado una nueva barrera, y la balanza de sus instintos se había desequilibrado. Quizás, los restos de su consciencia habían aceptado su situación. Lo que era, lo que ya nunca sería.


Ya no sabía como bajar las escaleras del edificio, pero no le importó. Avanzó con decisión, sin sentir dolor cuando sus piernas sólo encontraron aire y su cuerpo cayó rebotando torpemente hasta la planta baja. Un brazo partido, colgado apenas por un tendón. El cuello torcido, incapaz de devolverlo a su posición original. Los jirones que quedaban de su ropa, manchados con el líquido negro que rezumaba de su mandíbula dislocada. Aún así, se incorporó, tomándose su tiempo, y salió al exterior. 

En la calle, un grupo de zombies avanzaban con paso lento, arrastrando sus extremidades sin vida, sus ojos desorbitados. Alguno desvió la vista hacia él, pero le olvidó enseguida al ver que su carne estaba tan muerta como las suyas. Permaneció unos momentos inmóvil, levantando la vista hacia el apartamento que acababa de abandonar, y luego, sin tener muy claro hacia dónde se dirigían sus nuevos compañeros, comenzó a seguir sus pasos.

“Acuérdate de mí” intentó tararear mientras caminaba, aunque su garganta sólo emitió un gruñido gutural que se unió a los del resto de muertos que avanzaban hacia el norte. 

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Nada


Él sabía que era imposible, pero tenía la sensación de sólo existir realmente cuando estaba en la cama. Conservaba los recuerdos del día que había precedido a aquel momento, pero eran imágenes que no sentía como suyas. Caras, acciones, ruidos. Bien podían haber sido sacadas de una de las películas que veía en el portátil, ya escondido dentro del edredón nórdico y las sábanas marrones.

En la cama, siempre estaba desnudo. Había dejado de usar pijama en la universidad, y ahora ya no le encontraba ningún sentido. Aquellos años también parecían formar parte de un reflejo irreal. Lo mismo que esa mañana, y la anterior. La lógica, las reglas de coherencia que rigen el mundo, le indicaban que su vida tenía que ir más allá de las cuatro paredes de su habitación, pero el hormigueo de su piel parecía llevarle la contraria a esas nociones básicas sobre el funcionamiento del universo.


Para él, sólo existían aquellas horas antes de dormir. El ligero vértigo al ver pasar los días del calendario mientras todo a su alrededor permanecía estático. La colección de novelas de Paul Auster, las láminas de Hopper en las paredes. Un vaso de agua a medias en la mesita de noche. Luego los brazos pesados, la sensación de caída, y finalmente el sueño. Al parecer, su cuerpo se despertaba por la mañana, y realizaba las funciones que debía realizar, se relacionaba con la gente con la que se debía relacionar. Sin embargo, hasta que no se desnudaba y se metía en aquel colchón vacío, su mente no despertaba de su letargo, y volvía a ser consciente de su propia existencia.

O quizás todo era un truco. Quizás estaba realmente atrapado en un bucle atemporal, y la razón por la que sentía aquel desapego hacia sus recuerdos era que realmente fueran falsos. Era algo que llevaba tiempo sospechando, pero hasta aquel instante, no se le había ocurrido que podía, simplemente, levantarse y comprobarlo. Sintiendo como su corazón se aceleraba, se incorporó de la cama y caminó descalzo hasta la puerta de la habitación.

Una vez allí, contuvo el aliento, y reuniendo toda su fuerza de voluntad, hizo girar el pomo lentamente. Cuando la puerta se abrió, todos sus temores quedaron confirmados. Al otro lado sólo se extendía la nada. Informe, infinita. No tenía color, ni siquiera era negra. Era el vacío absoluto, alargando sus tentáculos invisibles hasta el marco de la puerta, rozando su piel con un tacto carente de sensación o temperatura.

Permaneció inmóvil unos minutos, ajustando su cerebro a aquella información, sopesando sus implicaciones. Después, con movimientos cansados, cerró la puerta, dejando la nada al otro lado, y volvió a meterse en la cama. En fin, suspiró, por lo menos ahora sabía que no estaba loco. Luego volvió a coger el ordenador portátil, lo apoyó en su regazo, y siguió viendo la película.
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