Santuario

NOTA: Este relato ha sido escrito utilizando 20 palabras aleatorias sugeridas a través de twitter: Milenarismo, pene, santuario, granadina, guarida, hipoglucemia, mandingo, avellana, sombrero, cierzo, pendiente, drama, soltera, sombrilla, mosquito, cocotero, aldea y cortina.



SANTUARIO


Echo de menos la vida antes del segundo advenimiento de Cristo. Cuando el milenarismo era una palabra en boca de locos, y nadie pensaba que aquel tipo con túnica blanca pudiera reaparecer y jodernos la vida durante mil putos años, amenazando día y noche con el juicio final que vendría después. Echo de menos los días en los que existía la muerte, y el aire no estaba atestado de almas pendientes de veredicto, volando de un lado para otro sin control cada vez que se levantaba el cierzo.

Reconozco que era una mierda pasar noches en vela pensando que la vida no tenía sentido, o tener que preocuparse de cosas mundanas, como la hipoglucemia en los análisis médicos de tu madre, o el hecho de que tu compañera de piso estuviera otra vez soltera, y se tragara los capítulos de Sexo en Nueva York a la misma velocidad que las tarrinas de helado de chocolate. Supongo que la salvación y la vida eterna son un buen cambio, pero aún así no puedo evitar recordar con cariño las pequeñas victorias frente a la mortalidad. Las noches de borrachera, los cuadros sobre amantes atormentados, el sexo.  

“Un día construiré un santuario para tu pene” recuerdo que me dijo Fernando en una ocasión, después de pasar todo el día follando, escuchando música, y atacando desnudos los restos de comida china del frigorífico. “Se convertirá en la religión universal. La gente vendrá de todo el mundo para adorarlo, pero yo seré el sumo sacerdote, así que nadie excepto yo podrá tocarlo”. Solía decir cosas así, mientras yo le miraba con la sonrisa torcida, no muy seguro de si era tierno o solamente raro.

No sé por qué acabó. Quizás porque bebía vodka con granadina, y café con sabor a avellana. O porque llevaba un sombrero que podría haber pertenecido a su abuelo, y se agujereó el lóbulo derecho para ponerse un pendiente de niñato de extrarradio. A veces me avergonzaba presentárselo a mis amigos, y otras veces yo me sentía estúpido cuando los suyos hablaban de partículas subatómicas, o de una película del año 75 sobre esclavos y plantaciones que se llamaba “Mandingo”. A pesar de todo, duramos casi un año. Exactamente once meses, antes de los gritos, los cuernos, y el drama. Antes de aquella escena patética y sobreactuada, en la que rompimos el escaparate de la agencia de viajes a la vez que nuestra relación. Todavía recuerdo la mirada vacía de los maniquís, sentados en sus tumbonas entre sombrillas y cocoteros de cartón, disfrutando de la vida en alguna aldea tropical que ya nunca visitaríamos.

Al día siguiente, el maldito Salvador apareció en la televisión por primera vez, y todas las reglas cambiaron. Resulta que al parecer Dios no odia especialmente a los homosexuales, aunque sí a los gordos, los zurdos y los payasos. También a los que incumplen los pecados capitales, así que decidió ponérnoslo fácil, y nos arrancó de cuajo el deseo sexual, el hambre, y la necesidad de dormir. Ésa ha sido mi vida durante los dos últimos siglos, una sucesión de días anodinos, sumando décadas vacías, con la certeza de que al final la salvación eterna merecerá la pena.

Finalmente ayer, después de ciento cincuenta años en la lista de espera, tuve la ocasión de que Jesucristo me concediera audiencia. Tuve que viajar hasta Italia para verle. Supongo que las ruinas de templos, circos y acueductos le hacían recordar los viejos tiempos. En aquella ocasión, había llevado el voto de pobreza hasta un nuevo extremo, y se alojaba en un sótano que perfectamente podría haber sido la guarida de un ladrón o un drogadicto. Madera cubierta de moho, sillas oxidadas, una cortina echa jirones. Estaba rodeado de decenas de almas que revoloteaban intranquilas en torno a él, intentando sin éxito llamar su atención. Él, sin embargo, tenía la mirada fija en un mosquito que caminaba por la palma de su mano. Le sonreía embelesando, quizás feliz de tener otra criatura a la que perdonar sus pecados.

Después de tanto tiempo esperando aquel momento, había memorizado una lista de preguntas que hacerle, diseñadas al milímetro. Todo lo que no entendía, todo lo que creía que estaba mal. Diez minutos en los que condensar todas mis dudas, y bañarme en la luz del conocimiento divino. Sin embargo, cuando apoyó su mano en mi hombro, y me sonrió,  todo mi cuerpo recordó de repente aquella forma en la que Fernando me abrazaba por la noche. El brazo derecho apretando mi pecho como si fuera a escaparme, su piel pegada a la mía por sudor y restos de semen. Sin pensar en lo que estaba haciendo, interrumpí la pregunta que había empezado a formular, y le di un puñetazo en la cara a Jesucristo. Antes de que pudiera levantarse del suelo, ya había salido de la habitación.


Puede que los 800 años de remordimientos que me esperan sea un precio un poco excesivo por aquel momento de satisfacción, por no hablar de la condenación eterna cuando todo esto acabe. Aún así, a veces imagino a Fernando riéndose de mí, revolviéndome el pelo como a un niño travieso antes de levantarse a por otro condón, y una parte de mí, se alegra de haberle partido la cara a nuestro salvador.

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Por Aitor Villafranca (@avillafranca_)
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Universos (in)finitos

Universos (in)finitos

Como todas las noches, el científico salió cabizbajo del centro de observación, caminó hasta el bar irlandés más cercano, y pidió una pinta de cerveza negra desde el reservado de la esquina. Ese día no esperaba a ninguno de sus colegas, ni se había llevado el periódico para intentar seguirle el ritmo a un mundo que le desconcertaba cada vez más. Ese día, después de más de veinte años, su investigación había terminado. Con las manos temblorosas, marcó el número de teléfono grabado a fuego en su memoria, y le pidió que acudiera a aquel bar. Tras unos segundos de silencio que parecieron extenderse hasta el infinito, ella aceptó.

Con tan sólo treinta años, el científico había revolucionado el mundo cuando no sólo confirmó la existencia de universos paralelos, sino que desarrolló la tecnología que permitía observarlos. Tal y como había predicho Hugh Everett, cada vez que un evento a nivel sub-atómico tenía distintos resultados posibles, se creaban varias versiones del universo, en cada una de las cuales ocurría una de esas posibilidades. Aparecían así una red infinita de universos ramificados, que abarcaban todas las realidades físicamente posibles.

Al principio, sólo observaron universos vacíos, en los que el Big Bang no se había producido, o la energía y la materia viajaban sin objetivo por el universo. La primera vez que encontraron una realidad en la que existía el planeta Tierra, el científico volvió a ser portada de la revista Time, e insistió en que ella hiciera la fotografía. A pesar del dinero, sus costumbres no cambiaron. Trabajaba hasta tarde en el centro de observación, bebía cerveza negra, evitaba las conferencias siempre que podía. Cada vez que ella inauguraba una nueva exposición, elegía su mejor traje y admiraba sus instantáneas en blanco y negro. Le preguntaba qué había sido de su vida en los últimos meses, bebía champán.

Con los años, consiguió depurar la tecnología de observación, acercarse solamente a universos similares al suyo. Contempló planetas con razas imposibles, otros en los que la humanidad se había quedado estancada en estadios primitivos, o había provocado su propia extinción acelerada. Por el contrario, observar el conocimiento que habían alcanzado en otros mundos más avanzados cambió la realidad del suyo.

Gracias a la tecnología que copió de esos otros universos, pudo restringir la búsqueda a mundos en los que él mismo existía. Como si fuera un espejo de feria distorsionado, vio todas las versiones posibles de sí mismo. Se vio convertido en un hombre de familia, viviendo en la calle, robando bancos, encerrado en psiquiátricos. En muchos casos, seguía siendo un científico, e incluso en algunos, su copia también observaba otros universos a la vez que lo hacía él. Recorrió todos y cada uno de aquellos universos, con la paciencia de un artesano. Hasta que no estuvo seguro de haber estudiado hasta la última posibilidad, no realizó aquella llamada de teléfono.

No recordaba cuánto había pasado desde la última vez que se habían visto en persona. Últimamente ella había reducido su ritmo de producción artística, y a él le costaba calcular el paso del tiempo. Le pareció que había envejecido, aunque probablemente fuera la falta de maquillaje. Como siempre, vestía de negro. La abrazó unos segundos más de lo necesario, y la invitó a sentarse frente a él. Después, cogió fuerzas y, aguantando las lágrimas, le contó lo que había descubierto después de más de veinte años de estudio:

-He observado todos los universos posibles. Millones de mundos ligeramente distintos con todas las realidades físicamente posibles. He visto todas y cada una de esas posibilidades infinitas, y en ninguna, absolutamente en ninguna de ellas, estamos juntos.

Ella se levantó despacio, con una sonrisa triste en los labios. Le miró durante unos segundos sin decir nada, y después, muy despacio, se acercó a él y le besó suavemente en la frente. Sin volver a sentarse, le habló de la inauguración de una nueva exposición en Londres al mes siguiente, y se despidió apoyando la mano durante un instante en su brazo izquierdo. Cuando cerró la puerta del bar tras de sí, el mundo volvió a tomar forma, construyendo la misma realidad en la que había vivido todos los días antes de aquel encuentro.

El científico suspiró y dio otro sorbo a la cerveza ya caliente, preguntándose si en algún otro universo, el beso habría sido distinto.


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Foto y texto por Aitor Villafranca
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Un zombie triste


“Por favor, acuérdate de mí”, decía la canción que sonaba en la minicadena, “en aquel coche detrás del carnaval”. La había oídos cientos de veces, pero el tejido de su cerebro se había convertido en amasijo negro, apenas activo, y seguía olvidando la melodía una y otra vez. Definitivamente, su mente ya no era la de hacía unos meses. Nada en él lo era.

Le habían infectado en una incursión en busca de provisiones, apenas a una decena de metros en la puerta del apartamento. Había vuelto con el brazo ensangrentado, la mochila vacía, y una mirada en la que se mezclaban el pánico, la vergüenza, y la culpa.

“Tengo miedo”, le había dicho mientras notaba como su torrente sanguíneo se volvía negro y denso. Ella le había abrazado.

"¿Quieres que todo acabe? Quedan balas, pero no sé si puedo hacerlo.”

“No quiero morir”, había susurrado asustado. “No quiero olvidarte. No quiero que el recuerdo de lo que hemos sido deje de existir”.

Ella le besó suavemente en los labios, notando un sabor amargo que nunca antes había estado allí. Luego se había incorporado, había puesto el disco que solían escuchar desnudos en las mañanas de domingo, y había salido de la habitación con lágrimas en los ojos.

De eso hacía ya diez semanas, aunque ya había olvidado cómo contarlas. Setenta días desplazándose a cámara lenta entre aquellas cuatro paredes. Rozando con sus miembros atrofiados las fotos que ella había clavado en la pared antes de abandonar el piso. Viendo como su carne podrida se caía a trozos sobre las sábanas en las que habían follado con la avidez y la melancolía de quien sabe que cada vez puede ser la última.

Ahora ya no sentía nada, sólo hambre. Sin embargo, por mucho que su cuerpo de huesos débiles y carne muerta reclamase alimento, se resistía a abandonar aquel mausoleo erigido en honor a sus recuerdos. “Me he convertido en una persona más triste por haberte conocido”, le había dicho ella una vez mientras calentaban una lata de conservas. Luego se había echado a llorar mientras se quitaba la ropa, olvidando la carne humeante. Se había montado a horcajadas encima de él sin molestarse en desnudarle. Sus gritos se habían mezclado con los de los zombies errantes al otro lado de la puerta. Sus puñetazos en el pecho le habían dejado moratones durante varios días.

“Un trapecista asustado, llegando más alto que ningún mesías” continuaba la canción, antes de pasar a un solo desalentado de guitarra.

Su cerebro ya no tenía suficiente actividad eléctrica como para recordar aquellas escenas, ni para entender el significado de los objetos que le rodeaban, pero aún así era capaz de sentir una fuerza que le ataba a aquella habitación. Más fuerte incluso, que el hambre ancestral que le hacía delirar con imágenes de vísceras y miembros cercenados.

Sin embargo, aquel día, sin ningún motivo especial, algo cambió mientras miraba entre gruñidos las fotos de lo que un día había sido su vida. No supo expresarlo con palabras, pero su cuerpo comprendió que había llegado el momento de marcharse de allí. Quizás su hambre simplemente había superado una nueva barrera, y la balanza de sus instintos se había desequilibrado. Quizás, los restos de su consciencia habían aceptado su situación. Lo que era, lo que ya nunca sería.


Ya no sabía como bajar las escaleras del edificio, pero no le importó. Avanzó con decisión, sin sentir dolor cuando sus piernas sólo encontraron aire y su cuerpo cayó rebotando torpemente hasta la planta baja. Un brazo partido, colgado apenas por un tendón. El cuello torcido, incapaz de devolverlo a su posición original. Los jirones que quedaban de su ropa, manchados con el líquido negro que rezumaba de su mandíbula dislocada. Aún así, se incorporó, tomándose su tiempo, y salió al exterior. 

En la calle, un grupo de zombies avanzaban con paso lento, arrastrando sus extremidades sin vida, sus ojos desorbitados. Alguno desvió la vista hacia él, pero le olvidó enseguida al ver que su carne estaba tan muerta como las suyas. Permaneció unos momentos inmóvil, levantando la vista hacia el apartamento que acababa de abandonar, y luego, sin tener muy claro hacia dónde se dirigían sus nuevos compañeros, comenzó a seguir sus pasos.

“Acuérdate de mí” intentó tararear mientras caminaba, aunque su garganta sólo emitió un gruñido gutural que se unió a los del resto de muertos que avanzaban hacia el norte. 

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Nada


Él sabía que era imposible, pero tenía la sensación de sólo existir realmente cuando estaba en la cama. Conservaba los recuerdos del día que había precedido a aquel momento, pero eran imágenes que no sentía como suyas. Caras, acciones, ruidos. Bien podían haber sido sacadas de una de las películas que veía en el portátil, ya escondido dentro del edredón nórdico y las sábanas marrones.

En la cama, siempre estaba desnudo. Había dejado de usar pijama en la universidad, y ahora ya no le encontraba ningún sentido. Aquellos años también parecían formar parte de un reflejo irreal. Lo mismo que esa mañana, y la anterior. La lógica, las reglas de coherencia que rigen el mundo, le indicaban que su vida tenía que ir más allá de las cuatro paredes de su habitación, pero el hormigueo de su piel parecía llevarle la contraria a esas nociones básicas sobre el funcionamiento del universo.


Para él, sólo existían aquellas horas antes de dormir. El ligero vértigo al ver pasar los días del calendario mientras todo a su alrededor permanecía estático. La colección de novelas de Paul Auster, las láminas de Hopper en las paredes. Un vaso de agua a medias en la mesita de noche. Luego los brazos pesados, la sensación de caída, y finalmente el sueño. Al parecer, su cuerpo se despertaba por la mañana, y realizaba las funciones que debía realizar, se relacionaba con la gente con la que se debía relacionar. Sin embargo, hasta que no se desnudaba y se metía en aquel colchón vacío, su mente no despertaba de su letargo, y volvía a ser consciente de su propia existencia.

O quizás todo era un truco. Quizás estaba realmente atrapado en un bucle atemporal, y la razón por la que sentía aquel desapego hacia sus recuerdos era que realmente fueran falsos. Era algo que llevaba tiempo sospechando, pero hasta aquel instante, no se le había ocurrido que podía, simplemente, levantarse y comprobarlo. Sintiendo como su corazón se aceleraba, se incorporó de la cama y caminó descalzo hasta la puerta de la habitación.

Una vez allí, contuvo el aliento, y reuniendo toda su fuerza de voluntad, hizo girar el pomo lentamente. Cuando la puerta se abrió, todos sus temores quedaron confirmados. Al otro lado sólo se extendía la nada. Informe, infinita. No tenía color, ni siquiera era negra. Era el vacío absoluto, alargando sus tentáculos invisibles hasta el marco de la puerta, rozando su piel con un tacto carente de sensación o temperatura.

Permaneció inmóvil unos minutos, ajustando su cerebro a aquella información, sopesando sus implicaciones. Después, con movimientos cansados, cerró la puerta, dejando la nada al otro lado, y volvió a meterse en la cama. En fin, suspiró, por lo menos ahora sabía que no estaba loco. Luego volvió a coger el ordenador portátil, lo apoyó en su regazo, y siguió viendo la película.
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Personajes Secundarios

Ya está a la venta mi primera novela!


¿Qué pasaría si la chica con la que te acabas de acostar, se suicidara a tu lado mientras duermes?




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Cartas (II)

Cartas (II)

[Primera parte aquí]

Con el tiempo, al igual que el sexo había ido entrando en la vida de Alicia, lo había hecho también en la de Elizabeth. Un juego dentro del juego. Nada de lo que preocuparse. “Cada vez que cierro los ojos sueño con aquella tarde en el granero, cuando tu carne penetró en la mía, y el mundo desapareció en aquel calor blanco y puro que nos envolvió”.

¿Cómo iban a competir con aquello los pobres chicos anodinos que se iban cruzando con en el camino de su alter-ego a lo largo de los años? Ellos tenían dudas, y rompían la magia preguntándole si podían tocarle el las tetas, o avisándole de que estaban a punto de correrse. James no tenía que preocuparse de ningún fluido corporal, ni de camas demasiado estrechas o condones que se negaban a colaborar.

Para eso casi era mejor rodearse de las cartas de James, masturbarse imaginando que eran los dedos de James los que recorrían su piel. Puede que al abrir los ojos y salir de la habitación sólo hubiera un pasillo lleno de pelusas y ruido de niños corriendo en el piso de arriba, pero al fin y al cabo, sólo tenía que esperar una semana para la siguiente carta.

“He conocido a alguien”, había leído Elizabeth sin dar crédito a lo que veían sus ojos. “No sé cómo ha pasado. Es una chica humilde que conocí en el puerto, y supongo que en cierto modo me recuerda a ti. Es la única explicación. Mi corazón está dividido, y todo mi cuerpo parece dispuesto a romperse en pedazos. Te quiero. Y te odio por ello. Y me odio a mí mismo por odiarte. Estoy roto. Vacío. James”.

Y por un momento volvió a ser Alicia, y se imaginó a Paula tan confusa como ella, y se preguntó si no habría estado perdiendo el tiempo buscando en los sitios equivocados. Y como si estuviera poseída por una gran revelación empezó a frecuentar bares de lesbianas. Pero tampoco ellas volvían de la guerra. Y también ellas podían lubricar demasiado. Y Alicia volvió al punto de partida, y volvió a ser Elizabeth.

“Te perdono todos los pecados, amado mío, si tu puedes perdonar los míos. Te he buscado en otros cuerpos, aterrada por que mi vida sea sólo una promesa que no llegue nunca a cumplirse. Pero ya estoy cansada. Cansada de esperar, cansada de no encontrarte a ti, ni a quien te haga desaparecer. Voy en tu busca. No me importa la guerra. Prefiero las balas y el barro a esta espera insufrible. Te amo.”

Y Alicia se montó en un avión con destino a Buenos Aires, y Elizabeth aterrizó en una playa llena de heridos y de hierros retorcidos por las bombas. Y recorrió campos desfigurados por trincheras, y escapó de mercenarios con dientes podridos y cuchillos manchados de sangre, y acabó encontrando a James, con la barba descuidada y una cicatriz junto a su ojo derecho, pero con la misma mirada que tenía aquel día en el granero. Y James confesó que la chica del puerto era una mentira para permitir que Elizabeth siguiera con su vida, y ella le silenció los labios con un beso. Y ya no hubo detalles irrelevantes de los que preocuparse durante el sexo. Ni más bares llenos de humo. Ni más despertadores.

Ni más cartas.

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Cartas (I)

Cartas (I)

Alicia apenas recordaba como había empezado todo. O mejor dicho, lo recordaba, pero prefería no hacerlo. A esas alturas, parecía ya demasiado banal. Absurdo, casi irreal.

Los padres de Paula llevándosela con ellos a Buenos Aires. La última tarde de cine con ella. Una historia de amor épica, como no podía ser de otra forma. La promesa de escribirse todas las semanas. Pero no como ellas mismas. Eso habría sido demasiado vulgar, un camino directo a la rutina y al olvido. No, serían James y Elizabeth. Separados trágicamente por la guerra. Una guerra. Cualquier guerra.

“Querido mío”, empezaba la primera carta, “no sé si recibirás esta misiva. Cada día llegan noticias de nuevos muertos, y mi corazón se encoge mientras repaso la lista una y otra vez, asegurándome de que sigues vivo, de que vas a volver. En el fondo sé que no has muerto. Mi corazón lo sentiría, aunque nos separe un océano. Vuelve pronto. Siempre tuya, sólo tuya. Elizabeth”.

¿Cuántos años tenían entonces? ¿Quince? Un juego tonto, sin duda, pero un juego al que siguieron fieles mes tras mes. Su pequeño mundo inventado enriqueciéndose con anécdotas del día a día de Elizabeth cuidando a sus hermanos pequeños en la granja, con historias de los compañeros de batallón de James. Desde luego, eran mucho más interesantes que el instituto, aquella sucesión de días casi vacíos en los que la principal ocupación de Alicia era esperar a que su vida decidiera continuar.

“La herida de Frederic ha mejorado, pero algo se ha roto dentro de su cabeza. Sus recuerdos se han vuelto esquivos, y la mayor parte del tiempo, creo que ni siquiera nos reconoce. Dios, no sé qué haría si a mí me pasara lo mismo. Si no pudiera recordar el tacto de tu piel, el sabor de las fresas a través de tus labios. Confío en que mi cuerpo siguiera buscándote, empujado hacia ti por el destino. Tuyo incluso en el olvido. James.”

Para cuando recibió aquella carta, Alicia ya había empezado la universidad. También había pasado una semana en el hospital después de un accidente con la moto, se había peleado con sus padres, reconciliado con ellos, y peleado de nuevo. Incluso había probado una raya de coca por primera y última vez en su vida, en una noche de la que se arrepentía sólo en parte. Sin embargo, Alicia había empezado a sentir todo aquello como un simple interludio, una vida automatizada ejecutada por alguien que se parecía a ella. Alguien que hablaba y se movía igual, pero que no era ella. Ella era Elizabeth. Y todo lo demás eran sombras.

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