El amor es ruido

Love is Noise


El amor es ruido. Sonidos de placer y de carne rasgada, el ruido del estómago impaciente sobre el que reposa tu cabeza, y el de las conversaciones distantes de una llamada de teléfono en un autobús. El de la sangre amartillando tu cerebro, intentando gritar siempre y nunca con una sola palabra.

Y si el amor es ruido, lo contrario del amor debe ser el silencio. Quizás por eso, desde que Héctor me había dado aquel último beso en la frente, como a un niño que no merece entender nada, no había podido despegar de mis oídos los auriculares de mi reproductor de música. Antes de eso, nunca había encontrado demasiado placer en escuchar música, y había defendido con la convicción de un iluminado que mi cerebro funcionaba mejor sin distracciones, como si mis flujos habituales de pensamiento merecieran algo más que un nivel básico de consciencia.

Lo que entonces no decía, ni siquiera a mí mismo, es que las distracciones ya estaban allí mucho antes que la música, en forma de un zumbido constante construido con dudas y miedos. Durante todos los años que había compartido con Héctor, siempre había convivido con el ruido de la inseguridad. La posibilidad de dejarle, los pros y los contras de la soledad, siempre habían estado presentes.

En un ejercicio de soberbia, había dado por sentado que mi mente era la única que escuchaba ese ruido, y ahora que el chasquido de una cerradura inocente había erradicado cualquier otro sonido, el silencio era insoportable.

Sin cambiar siquiera de postura, subí un poco más el volumen de la música y volví a intentar dormir.


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